Friday, April 24, 2009

LAS MUJERES Y EL SOCIALISMO

Las mujeres y el socialismo
Índice
Introducción
Capítulo 1: El papel cambiante de las mujeres
Los orígenes de la desigualdad social
Las mujeres en la sociedad industrial
Capítulo 2: ¿Qué es lo erróneo de la teoría feminista?
Feminismo liberal
Feminismo radical
Feminismo Socialista
Capítulo 3: Las mujeres y Rusia
Papeles cambiantes
El papel reproductivo
La persistencia de la inequidad social
Las lecciones
Capítulo 4: Las mujeres y el socialismo
Junio de 1986

Introducción
Sexismo es una palabra que ha entrado a nuestro vocabulario en tiempos relativamente recientes pero el concepto al que alude ha estado con nosotros desde hace mucho. Significa discriminación en contra de las mujeres por meras razones de género. Lo que significa en la práctica lo ilustra claramente un bosquejo de lo que en los últimos años muchas mujeres han visto como el papel femenino en la sociedad contemporánea.
Desde sus primeros años la niña es condicionada para desempeñar su llamado papel “femenino”: probablemente la hagan portar vestidos “lindos” y la alienten para que juegue calladamente con muñecas o para que “ayude a mamá” con los quehaceres del hogar. Al hermano, en cambio, lo vestirán adecuadamente para los juegos rudos que se consideran normales para los niños; como juguetes, le darán coches, trenes y otros que exijan destrezas manual y técnica. Se le elogiará por ser listo, valiente y fuerte; y a la hermana por ser bonita, buena y callada. Estos papeles “masculino” y “femenino”, inculcados desde la primera infancia, serán reafirmados durante toda la vida, independientemente de que concuerden o no con las personalidad o las preferencias de los niños convertidos en adultos. Aun si posteriormente en el curso de la vida hay un intento consciente por superar este condicionamiento padecido durante la infancia temprana y romper con los papeles estereotípicos siempre quedarán cicatrices: así la mujer que rechace la maternidad y en vez de ella aspire a una “carrera” puede sentir que es forzada a adoptar el “otro” papel, el masculino convertirse, por ejemplo, en una mujer de negocios inflexible. Del mismo modo, la mujer que desee combinar un trabajo de tiempo completo con la maternidad acaso se sienta culpable porque está descuidando la responsabilidad primaria que tiene para con sus hijos. También para los hombres hacerlos interiorizar un papel “masculino” cuando niños puede crearles dificultades en el curso de su vida posterior: algunos hombres se encerrarán en el papel de “rudos” y “bravucones”, lo cual les impedirá expresarse emocionalmente y se sentirán atemorizados de dejar que surjan sus facetas amables, gentiles, pues podrían ser calificados de “blandos”. Los hombres por lo general buscan elevarse a cierta categoría social y tener la sensación de realización personal por medio de su trabajo; en consecuencia, cuando llegan a estar desempleados, frecuentemente se sienten fracasados porque no cumplieron con el papel para el que los prepararon psicológicamente al principio de sus vidas.
A medida que la niña o el niño va ascendiendo los escalones del sistema educativo, ella o él es objeto de más y más presiones para que se amolde a los papeles estereotipados de su sexo. Por ejemplo, es muy probable que a los niños se les aliente a estudiar ciencias y a las niñas, artes. Los niños pasan exámenes cada vez más numerosos y difíciles; pues, en teoría, todos ellos pasarán gran parte del resto de sus vidas en empleos pagados donde las calificaciones son medios importantes de “ascender”, es decir, de ganar más u obtener trabajos más interesantes. Esto es menos importante para las niñas, pues se mantiene la extendida creencia de que la mayoría de ellas terminarán por casarse, y que su vida matrimonial será su “carrera” y cualquier trabajo pagado que realicen fueran del hogar será secundario. Además, la mayor parte de los trabajos que efectúan las mujeres, aparte de ser mal pagados, no requieren de calificaciones especiales y menos de títulos formales.
La adolescencia trae consigo más presiones para que se adapten a lo que se considera natural. La misión de la adolescente es atraer al sexo opuesto y aprende que para lograrlo debe modelarse a sí misma a tono con la imagen que en su momento se juzgue bella: debe tener las medidas y las formas correctas, usar las ropas convenientes y el maquillaje que mejor le quede. Estas imágenes le plantan la cara a la joven mujer desde anuncios espectaculares y la miran fijamente desde las páginas de satinadas revistas y pantallas de televisión. El mensaje es inequívoco: “¡Vamos, muchachas, véanse como nosotras y los hombres las encontrarán irresistibles! ¡Ellos te harán perder la cabeza y te llevarán al amor verdadero y la felicidad!”.
Al aproximarse a la edad adulta e ingresar en el mercado de trabajo, los muchachos y las muchachas probablemente volverán a encontrarse circunscritos a sólo ciertas oportunidades. Muchas mujeres jóvenes entrarán a las profesiones de “asistencia” como la enfermería, la enseñanza y el trabajo social. En virtud de condicionamiento temprano ellas estarán bien capacitadas para ejercerlas. Pero muchas más mujeres ocuparán puestos mal remunerados, que no exigen habilidades especiales o sólo las exigen en mínimo grado, en las fábricas y oficinas. A pesar la reciente legislación en contra de la discriminación sexual y a favor del igual pago, la división del trabajo persiste y en las contadas ocasiones en que se cruza la frontera nos enteramos de ellos por los periódicos (la primera mujer juez, la primera operadora de grúa, la primera astronauta, etc.)
La naturaleza de gran parte del trabajo desempeñado por mujeres—el hecho de que a menudo sea realizado al margen de los demás trabajadores y tenga que interrumpirse por la crianza de los hijos—es tal, que con frecuencia no pertenecen a ningún sindicado y carecen de la fuerza y la organización para hacer valer sus derechos a salarios y condiciones de trabajo adecuados. La historia reciente nos muestra que muchos sindicatos han sido renuentes a admitir mujeres como miembros o a emprender acciones en beneficio de ellas. El sexismo sigue imperando en el movimiento sindical. Para muchas mujeres, entrar al mundo de la actividad sindical es ingresar a un mundo en que es necesario comportarse agresivamente y vociferar, modos de conducta para los que no fueron preparadas y por lo que muchas de ellas se reprimen de participar.
Para la mujer que trabaja, con el matrimonio y los hijos le llegan nuevos papeles que desempeñar y también nuevos problemas. La mayoría de las mujeres seguirán trabajando por necesidad después de haberse casado y regresarán a su puesto tan pronto como puedan después de haberse convertido en madres, siempre y cuando encuentren niñeras. Pero ahora pesa sobre ellas la carga adicional de cuidar de su hogar aparte del trabajo desempeñado fuera de él. Los quehaceres domésticos de cuidar de los hijos, la limpieza, cocinar y hacer las compras se siguen considerando responsabilidad de la mujer, aun cuando el hombre “ayude en algo”. Para las mujeres que no salen a trabajar, los niños pequeños no son los compañeros más estimulantes si son las únicas personas a las que vean en la mayor parte del día. La “casa soñada” en un fraccionamiento moderno rápidamente puede convertirse en una prisión de pesadilla para la joven madre que se ve forzada a permanecer en ella todo el día. No es sorprendente que muchas mujeres prefieran la compañía de la línea de producción de la fábrica a pesar de la naturaleza aburrida de esa ocupación.
Al crecer la familia, así también crecerán las demandas que recaigan sobre las energías emocionales y físicas de la mujer. Muy probablemente pasará casi toda su vida al servicios de otros: el patrón, el esposo, los hijos, hasta que llegue a la edad madura y la jubilación se aproxime, época en que los hijos ya habrán abandonado el hogar, y a ella ya no le quede papel alguno que desempeñar. A nadie debe asombrar que algunas mujeres de esta edad se depriman a menos que sea capaces de retomar las riendas de sus vidas o vuelvan a encontrarse útiles cuidando de sus nietos para que sus hijas puedan salir a trabajar.
Claro está que éste es sólo un cuadro general de las vidas de las mujeres de hoy. No todas las mujeres padecen todos estos aspectos del sexismo. Pero la mayoría de las mujeres han pasado al menos por uno de ellos.
Imaginemos ahora algo diferente. Imaginemos que nuestros hijos han nacido en una sociedad donde la vida no está organizada en torno de la necesidad de producir bienes para el lucro, sino en una sociedad donde todos sus integrantes cooperan unos con otros libremente, sin distinción de sexos, para producir las cosas que necesitan de modo tal que cada quien contribuye con lo que sus facultades le permiten. En tal sociedad a los hijos, niños y niñas, se les brindan oportunidades adecuadas de desarrollar sus destrezas y habilidades, cualesquiera que sean, sin consideración de lo que es “no natural”. Así a las niñas que muestran aptitudes para, digamos, la metalistería, se las estimula para que sigan su inclinación, que al niño que se interese por el cuidado de los más pequeños que él. La educación se organiza no con base en la competencia y la adquisición de una pequeña variedad de destrezas útiles en el mercado de trabajo sino más bien como una experiencia continuada de por vida de dar y recibir destrezas y conocimientos que le permitan a las personas perseguir cualquier clase de vida que según sus particulares maneras de pensar culminen en sus respectivas felicidades.
El trabajo en esta clase de sociedad—el socialismo—no será esclavitud asalariada. Las personas no tendrán que vender a cambio de un sueldo o salario sus energías a la minoría que posee los medios de producción y distribución: las fábricas, las oficinas, los sistemas de transporte, las tiendas, etc. En el socialismo—sociedad basado en la propiedad común—la gente cooperará para producir las cosas que comunidad necesitan: cosas útiles, de las que gratuitamente podrán disponer todos los miembros de la sociedad. Eliminada la motivación del lucro, las mujeres y los hombres podrán escoger sus trabajos de acuerdo con sus talentos, habilidades y preferencias, cada uno contribuyendo en la medida que esté a su alcance. El criterio para elegir una clase de actividad en vez de otra ya no será el de quién pague más, otorgue mejores prestaciones, ofrezca las mejores perspectivas de ascenso o el trabajo más seguro. Todas estas consideraciones ya no tendrán razón de ser en un mundo socialista sin dinero. El trabajo dejará de ser la actividad que realizamos para obtener el salario que nos permita sobrevivir.
En el socialismo no se forzará a las mujeres a escoger entre los hijos y el empleo remunerado o laborar haciendo una desventurada componenda entre ambos. Los hijos dejarán de ser responsabilidad exclusiva de la madre o incluso de ambos padres, sino que serán atendido por la comunidad en su conjunto. Las mujeres, si así lo desean, serán relevadas de la obligación de cuidar de los niños pequeños las veinticuatro horas del día, dejándolas en libertad de satisfacer sus propios intereses y a la vez ser madres. También los hombres, liberados de las tiránicas demandas de la esclavitud asalariada, estarán en mejor posición para participar en la crianza de sus hijos. Los hombres y las mujeres que atiendan a los niños en la sociedad socialista lo harán así por su propio deseo. En el socialismo no habrá necesidad del matrimonio en el sentido de la relación de propiedad que es en esencia.
Los hombres y las mujeres no quedarán atados por papeles y nociones predeterminados de lo que es o no es “natural”, o fuera de la necesidad económica. Lejos de ellos tendrán la libertad de entablar relaciones que se adecuen a las necesidades emocionales de los individuos en particular.
A lo largo de este folleto demostraré que el cuadro descrito en párrafos anteriores de una sociedad socialista no sexista no es un sueño ni una utopía inalcanzable sino que podría comenzar a ser una realidad ahora si hubiera una mayoría de gente que la deseara y estuviera dispuesta a tomar la clase de acción política necesaria para lograrla. Mostraremos que la idea de que los actuales papeles según el género son “naturales” y, por tanto, inmutables, está equivocada. En realidad ya han ocurrido cambios importantes. En el capítulo 1 tratamos de cómo y por qué ocurrieron. En el capítulo 2 veremos cómo el movimiento feminista, a pesar de algunas ideas que ponen al descubierto la condición de la mujer, es erróneo cuando propone que la igualdad social es una meta por la que vale la pena luchar dentro del contexto capitalista. En el capítulo 3 examinaremos la experiencia de las mujeres en Rusia desde la revolución de 1917. ¿Por qué la posición de las mujeres en los llamados países comunistas no es mejor significativamente que en Occidente y, de muchos modos, considerablemente peor? En el capítulo final consideraremos el caso del socialismo, su pertinencia para las mujeres y por qué es importante que las mujeres reconozcan, junto con los hombres, que el camino hacia la liberación, no sólo de las mujeres sino del total de la humanidad, está en la lucha por el socialismo y no en intentos vanos por tratar de alcanzar la liberación dentro de los confines del capitalismo.
Capítulo 1
El papel cambiante de las mujeres
Los orígenes de la desigualdad sexual
No es fácil hacer una crónica de los cambios históricos por los que ha pasado el papel de las mujeres en la sociedad: son escasos los datos sobre cómo pudo haber sido el papel de la mujer trabajadora en tiempos antiguos. La historia se ha escrito desde el punto de vista de los “Grandes hombres” (reyes y reinas, gobernantes, miembros del gobierno) que presiden los “grandes acontecimientos (guerras, crisis constitucionales, grandes desastres), dejando de lado los efectos de esos sucesos sobre las vidas del pueblo trabajador (hombres y mujeres). Sin embargo, las vidas de las mujeres han cambiado con el tiempo y es útil tratar de entender no sólo la naturaleza de los cambios que han tenido lugar y su importancia, sino también por qué ocurrieron.
La sociedad de cazadores-recolectores
La forma más antigua de organización social fue la de las sociedades que cazaban y recolectaban: pequeños grupos nómadas que obtenían su alimento de la caza, la pesca y la recolección de plantas silvestres e insectos. Algunas de tales culturas han seguido existiendo hasta hace relativamente poco tiempo y, estudiándolas, los antropólogos se las han arreglado para pintar un cuadro de cómo fue probablemente la vida cuando ésta fue la forma más común de organización social.
Existía en general una división del trabajo basada tanto en el sexo como en la edad. La pauta dominante era que los hombres cazaban animales grandes, en especial cuando la tarea implicaba expediciones lejos del campamento, y las mujeres recolectaban insectos y plantas y cazaban animales pequeños. Sin embargo, esta división ni era rígida ni igual en todas partes. Ocurrían variaciones debido a la disponibilidad de alimento y otras consideraciones ecológicas. Así, por ejemplo, entre los Inuit (esquimales) casi toda su alimentación provenía de la caza, en cual participaban hombre y mujeres por igual. Algunos intentos por explicar esta división sexual del trabajo se han concentrado en lo que se ha visto como conducta masculina inherentemente más agresiva, lo que los hace estar mejor dotados para la caza. Sin embargo, esto no explica el hecho de que en diferentes culturas se hayan apreciado comportamientos muy distintos en hombres y mujeres, como el comportamiento agresivo de las mujeres y gentil de los hombres. Por ejemplo, el pueblo Arapesh del norte de Nueva Guinea oriental cree que tanto los hombres como las mujeres son por naturaleza amables y compasivos, mientras que sus vecinos, los Mundugumor, valoran el individualismo, la exaltación del yo y la agresión física, características que se esperan así entre los hombres como entre las mujeres. Una explicación más admisible es la de que, como las mujeres dan a luz a los hijos (a veces durante años consecutivos), su movilidad es mucho más restringida que la de los hombres. De ahí que en general sea más eficiente una división del trabajo en que los hombres sean responsables de la caza y las mujeres de la recolección.
Los miembros de la banda cazadora-recolectora eran con frecuencia muy interdependientes pero los individuos gozaban de considerable autonomía personal. La toma de decisiones se distribuía ampliamente dentro del grupo y ambos sexos resolvían lo que debía hacerse en cuanto a aquello de lo que eran responsables. Usualmente el matrimonio era una vinculación laxa y cualquiera de sus miembros podía terminar la relación con sólo abandonar la banda y unirse a otra.
Si bien es cierto que existió una división del trabajo en las sociedades cazadoras-recolectoras, no se infiere de ello necesariamente la desigualdad entre los sexos. Se trataba más bien de una división de la responsabilidad. Nadie mantenía posiciones institucionalizadas de poder o autoridad y en realidad tales posiciones tenían poca razón de existir pues no había acumulación de riqueza ni de propiedad.
La sociedad hortícola
La siguiente “fase” de la evolución social fue la de la sociedad horticultora. (Pero debe subrayarse que la evolución no ha sido la misma universalmente; no ha sido lineal—así, por ejemplo, en algunas partes del mundo factores externos como la colonización aceleraron o cambiaron el patrón de la evolución social.) La sociedad hortícola se caracterizó por la domesticación de ciertas plantas y animales, el uso del azadón y el palo de cavar (pero no del arado, fertilizantes e irrigación que fueron típicos de las culturas agrícolas sedentarias) y las técnicas de “roza y quema”, mediante las cuales se cortaba y luego quemaba la vegetación para abrir al cultivo la superficie de terreno que necesitaran y luego, cuando la tierra se agotaba, la comunidad emigraba en busca de otro lugar propicio. La domesticación de plantas y animales significaba mayor producción de la tierra y así era posible el sustento de densidades de población mayores. De este crecimiento del tamaño y la complejidad, junto con la necesidad de asignar parcelas para el cultivo, resultaron las formas más institucionalizadas de autoridad política.
Con el paso de las sociedades cazadoras recolectoras a las hortícolas se dio un viraje hacia la propiedad de las cosas. En general hubo un sistema de derechos sobre la tierra en que ésta era poseída por un grupo de individuos emparentados y los derechos de uso eran asignados a individuos o familias que pertenecieran a tal grupo de parentesco, o bien el despejar la tierra representaba una forma de poseer esa superficie despejada. Por la posibilidad de disputas sobre los derechos a la tierra la guerra se volvió común, igual que la necesidad de consolidar alianzas con los grupos de parentesco vecinos. Esto tuvo implicaciones importantes para la naturaleza de las relaciones de matrimonio.
Aparte de estas extendidas características, es difícil hacer generalizaciones sobre otros aspectos de las sociedades hortícolas. Hubo amplias variaciones en la división del trabajo: en algunas sociedades, los hombres despejaban la tierra pero ambos sexos la cultivaban, o a veces los hombres cultivaban para el comercio o el trueque mientras que las mujeres cultivaban los productos agrícolas de primera necesidad. Otro patrón fue el de que las mujeres cultivaban la tierra y los hombres cuidaban los animales domesticados (especialmente cuando había que llevar los rebaños de un pastizal a otro), o en algunos casos las mujeres cuidaban ciertos animales y los hombres otros. Sin embargo, lo más probable es que los hombres fueran responsables de despejar la tierra y las mujeres de cultivarla.
En relación con otras actividades económicas no hubo en absoluto división del trabajo, tal que los hombres y las mujeres realizaran siempre tal o cual tarea. Esto se aplica especialmente a las artesanías, por ejemplo, los tejidos, la alfarería y el trabajo en madera se asignaba a personas de uno u otro sexo en sociedades diferentes. Por lo regular el cuidado de los niños era responsabilidad de las mujeres aunque con frecuencia las madres compartían esa actividad con miembros de la familia y sus propios hijos o hijas mayores. La preparación y el procesamiento de los alimentos era predominantemente actividad femenina pero no exclusivamente. La particular división del trabajo adoptada por una sociedad por costumbre fue racionalizada y reforzada por declaraciones religiosas sobre lo que eran comportamientos “naturales” o “correctos” de hombres y mujeres. En palabras de hoy: “las cosas se hacían como Dios manda”.
Las sociedades hortícolas apoyaron diversas formas de organización social y política. Y en consecuencia hubo variación considerable en cuanto al grado en que se centralizaron el poder y la autoridad así como la cooperación. Esto se debió en parte a que la “sociedad hortícola” abarcaba toda una variedad de tipos diferentes de actividad productiva. Algunas sociedades fueron en realidad de cazadores y recolectores sedentarios que sólo producían lo necesario para la subsistencia inmediata, mientras que otras producían los más diversos bienes, incluso una demasía para el comercio y el trueque.
Hasta cierto punto hubo una relación entre el grado de igualitarismo en las relaciones sociales y sexuales y la producción de un excedente. Pero la producción de bienes para el comercio no llevó forzosamente a que el hombre tuviera un papel dominante. En las culturas en que las mujeres retuvieron el control tanto de la producción como de la distribución de los excedentes (ejemplo notable es de los mercaderes de África Occidental), su categoría fue relativamente elevada. En aquellas otras culturas donde la responsabilidad de las mujeres era exclusivamente la de cuidar la casa ello no significaba que estuvieran en desventaja mientras la economía doméstica la economía pública fueron sinónimos. Con la producción de un excedente que pudiera venderse o intercambiarse, incluso donde la división del trabajo permaneció sin cambios, hubo la posibilidad de que se elevara la categoría social del propietario del excedente.
Agricultura sedentaria
Al perfeccionarse la agricultura con el uso del arado, la domesticación de los animales de tiro y otros, los abonos y las técnicas de irrigación, las comunidades se volvieron sedentarias, al tiempo que crecieron y ganaron complejidad. De lo complejo de las comunidades agrícolas y las profundas diferencias que existieron entre ellas (y aún existen) en varias partes del mundo se infiere lo difícil de hacer generalizaciones.
Sin embargo, puede decirse que la división sexual del trabajo se vuelve más rígida y uniforme en las sociedades agrícolas que en las hortícolas. En general, aun cuando las mujeres efectuaban la mayor parte del trabajo real en los campos, se siguió considerando que la tierra era responsabilidad del hombre y éste, propietario de lo que producía, incluido el excedente, que se podía vender. A menudo las mujeres mantenían un jardín de vegetales útiles y algunos animales para la subsistencia; y en algunas culturas el poder económico (y por tanto político) de las mujeres era considerable y se acrecentaba con su habilidad para producir un excedente de su jardín utilitario, procesarlo y venderlo en el mercado. Así, por ejemplo, no fue raro que en tales sociedades las mujeres desempeñaran actividades empresariales como la elaboración de cerveza y pan.
Las pautas de residencia en las culturas agrícolas fueron menos rígidas, pero la presión sobre la tierra tendió a alentar la residencia lejos del hogar de los padres después del casamiento. Al mismo tiempo decreció el tamaño de la familia conforme la unidad familiar se concentró en los padres y los hijos. Este aumento de la vida privada y aislamiento de la familia tuvo consecuencia para la vida de las mujeres en que ahora, por ejemplo, el cuidado de los hijos tendió a gravitar exclusivamente sobre la madre.
La declinación del papel económico de la mujer y el correspondiente desplazamiento de su papel únicamente hacia lo relativo a la reproducción se reflejó en los patrones de poder y autoridad. En las sociedades agrícolas hubo una tendencia clara a que los hombres ocuparan los puestos de poder y autoridad tanto en lo económico como en lo político, si bien a menudo las mujeres fueron capaces de ejercer considerable influencia indirecta sobre los asuntos públicos.
¿Cómo puede explicarse este cambio significativo hacia el predominio masculino? En primer lugar, debe recalcarse que el paso a un modo de producción agrícola se dio a la par de un cambio hacia formas más complejas de autoridad política. Estas nuevas formas institucionalizadas de poder político tendieron a ser tanto más centralizadas cuanto más jerárquicas. En segundo lugar, los métodos agropecuarios más intensivos implicaron que había mayor posibilidad de obtener excedentes y venderlos en el mercado, y en consecuencia de acumular riqueza. ¿Por qué en general los hombres tomaron el control de esta riqueza? Porque se habían hecho cargo de la mayor parte del trabajo de cultivo o, cuando menos, asumido la responsabilidad de él, y esto fue reforzado posteriormente la posesión legalizada de la tierra.
Una vez que el trabajo agrícola de las mujeres dejó de verse como su responsabilidad primaria, su “valor” desde el punto de vista de quienes detentaban el poder—esposos y padres—comenzó a medirse cada vez más en función de su capacidad reproductiva la cual tenía un efecto sobre las relaciones maritales y sexuales. Ahí se originó la necesidad de “proteger” a las mujeres de las atenciones sexuales de otros hombres aparte de sus esposos y la tendencia a confinar a las mujeres y a escoltarlas cuando salían del recinto familiar. Estas prácticas fueron fortalecidas por las ideologías religiosa y cultural que describieron a la mujer como mala, impura, inferior, etc.
En suma, las mujeres fueron perdiendo todo poder tanto dentro como fuera de la casa. Dependientes económicamente de sus esposos, no estaban en condiciones de abandonarlos, en especial si se considera la probabilidad de que se convertirían en una carga económica si retornaban al hogar los padres. Fuera de casa su categoría social era nula. Su posición social estaba determinada por la de su marido.
Con el establecimiento de la agricultura sedentaria vemos, pues, una división del trabajo más rígida, fundada en lineamientos sexuales que antes no habían imperado, y los hombres fueron los proveedores económicos y los hijos dependientes suyos. En la mayoría de los casos las mujeres fueron desplazadas al mundo “privado” del hogar, con lo cual fueron siendo separadas cada vez más del mundo “público” de la actividad económica y la toma de decisiones. Esta distinción entre economía doméstica y economía productiva se acentuó aún más con el surgimiento del trabajo asalariado, que examinaremos más adelante.
Los orígenes de la desigualdad
El patrón de la evolución social descrito en los apartados anteriores puede resumirse como sigue. La división sexual del trabajo fue en un principio un modo de satisfacer eficientemente las necesidades humanas y no pasó de ser una división de tareas en áreas de responsabilidad. ***Lo que hizo que se tomaran en cuenta ambos factores biológicos, las funciones reproductivas y el amamantamiento de los hijos,*** factores ecológicos como la escasez o la abundancia de alimento, la hostilidad del medio y la densidad de población, y las prácticas tradicionales en sociedad particular y una época en particular. En tales sociedades es probable que las relaciones sociales en general se caracterizaran por un alto grado de igualitarismo y cooperación mutua. La unidad básica de producción y consumo no fue la familia nuclear sino el grupo en su conjunto. Aunque dentro de una cultura en particular en algún momento se haya aplicado rígidamente la división sexual del trabajo, esto no necesariamente tuvo implicaciones hacia el poder relativo y la categoría social de los hombres y las mujeres. Los papeles distintos en razón del sexo no supusieron desigualdad. De hecho, ese concepto ni siquiera pudo haber tenido significado real.
Con el advenimiento de la horticultura, los hombres fueron responsabilizándose cada vez más de esas áreas del trabajo productivo de las que resultaba un excedente. Quizá esto ocurrió como resultado de una elaboración de las relaciones económicas que ya existían, y no como algo indicativo de una nueva división del trabajo: el papel predominante de los hombres en el comercio pudo haberse originado en función tanto de su movilidad relativamente mayor y de su tradición de ausencias del hogar por motivo de la caza o la lucha. El trabajo de las mujeres prácticamente no cambió, pues siguieron ocupándose principalmente de actividades de la subsistencia como cultivar alimentos para el consumo, preparación y procesamiento de los alimentos y el cuidado de los hijos. Sin embargo, estas actividades terminaron por verse desprovistas de valor en cuanto se desarrolló la posibilidad de producir para el intercambio, y al mismo tiempo se volvieron más de carácter privado. Simultáneamente, la autoridad de las mujeres fue socavada por el desarrollo de estructuras políticas centralizadas, extra domésticas y más complejas, de las cuales fueron ellas excluidas efectivamente por hallarse confinadas a la casa familiar.
Al mismo tiempo estos cambios fueron reforzados por prácticas culturales que racionalizaban la distinción entre los papeles masculino y femenino según declaraciones sobre la fragilidad “natural” de la mujer, su emocionalidad y sus atributos maternales. En contraste con esto, los atributos asignados cada vez más a los hombres: la agresividad, la competitividad y la fortaleza fueron precisamente los tenidos como más valiosos en la economía de mercado que nacía.
Esta parece ser una explicación mucho más satisfactoria de porqué las relaciones entre los sexos se han desarrollado en la forma que conocemos, que esas otras explicaciones, comunes en la antropología feminista, que se basan en escritos de Federico Engels y suponen una fase de matriarcado universal. En El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884), Engels trató de explicar el desarrollo de la familia nuclear “burguesa” contemporánea describiendo la evolución social como el tránsito por cuatro etapas distintas, cada una de ellas con su correspondiente forma familiar. En cada una de las etapas previas a la final (“civilización” y monogamia) los grupos familiares fueron, sostiene él, comunistas y el “matrimonio de grupo” era lo común, lo que significaba que era imposible saber a ciencia cierta quién era el padre de un determinado niño. Aunque en la sociedad primitiva hubo división sexual del trabajo, Engels razona, no hay pruebas de que uno de los sexos haya sido más valorado que el otro: los hombres eran responsables de la producción de alimentos y las mujeres, del grupo familiar comunal. Pero como en esta etapa la sociedad era matrilineal, el poder de las mujeres provenía del hecho de que el linaje se trazaba por la vía materna. Esto comenzó a cambiar cuando la potencia del trabajo humano empezó a producir un excedente sobre lo indispensable para satisfacer las necesidades del grupo familiar. Debido a la división del trabajo, el hombre fue responsable de procurar el alimento y por eso poseía los instrumentos necesarios para la tarea. El hombre fue también el propietario, por tanto, de todo excedente que se produjera. Este excedente le dio los medios para comerciar e incrementar tanto su riqueza como su categoría social por encima de las de las mujeres. Pero la riqueza individual trajo consigo también los nuevos problemas de la herencia: el hombre quería que al morir sus bienes fueran transferidos a sus hijos (aunque Engels en ningún lado explica por qué), y así fue derrocada la tradición del “derecho materno”:
El derrocamiento del derecho materno fue la gran derrota histórica del sexo femenino en todo el mundo. El hombre empuñó también las riendas de la casa; la mujer se vio degradada, convertido en la servidora, en la esclava de la lujuria del hombre, en un simple instrumento de reproducción [y crianza de los hijos]. (Engels, Federico. El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Editorial Progreso [traducción al español], Moscú, 1978, p. 54.)
Así, según Engels, el matrimonio monógamo y la opresión de la mujer surgen como consecuencia de la propiedad privada y de la necesidad de establecer sin disputa la paternidad.
Desafortunadamente, los testimonios antropológicos de Engels se basaron principalmente en la obra de Lewin Henry Morgan (en particular, Ancient Society [La sociedad antigua], publicada en 1877. Desde entonces se ha encontrado que la obra de Morgan tiene serias fallas: en particular, no hay pruebas a favor de la idea que hubiera habido alguna vez una etapa universal de matriarcado, como el sugiere. Este error se debe en parte a una confusión entre sociedades matrilineales y sociedades matriarcales: puede mostrarse que las sociedades descienden por vía femenina antes que masculina, pero esto no significa necesariamente que las mujeres sean el sexo dominante. De igual modo, la mayoría de los datos que Morgan empleó para apoyar sus razonamientos los extrajo de sus observaciones de los indios iroqueses y trabajos antropológicos más recientes hacen ver que, de muchas maneras, esa fue una cultura excepcional, y de ahí que a partir de ella no puedan hacerse generalizaciones universales.
Engels complicó los errores de Morgan añadiendo algunas de sus propias e infundadas suposiciones acerca de las mujeres, señaladamente la de la naturaleza de la sexualidad de la mujer. El resultado es un trabajo que no resiste el escrutinio antropológico. Pero, a pesar de ello, el enfoque de Engels a este asunto fue correcto. Él, como Marx, pensaron que para entender cómo y por qué las relaciones sociales cambian de la forma en que hemos visto, es necesario primero atender a la forma en que los hombres y las mujeres producen las cosas materiales que necesitan para vivir. Así, como ya vimos, la relación entre los hombres y las mujeres son han sido siempre las mismas sino que han cambiado para satisfacer las necesidades de la sociedad en un momento determinado.
La mujer en la sociedad industrial
El advenimiento del modo de producción capitalista, el trabajo asalariado y la construcción de fábricas fueron de importancia decisiva para las mujeres. Si bien las mujeres de la sociedad preindustrial habían desempeñado un papel importante en el proceso de producción, el capitalismo significó un cambio del lugar de trabajo, del hogar a la fábrica y la unidad de producción se trasladó de la familia a la línea de montaje. Conforme se fue desarrollando la tecnología, hubo cada vez menos trabajos vedados a las mujeres en razón de su escasa fuerza. De hecho, en muchas industrias, concretamente en las textiles, se prefirió a las mujeres y a los niños por sus “dedos ágiles” y también porque su trabajo podía comprarse más barato que el de los hombres. El sistema capitalista, para reproducirse a sí mismo, tiene que pagar salarios suficientes para que los trabajadores puedan mantenerse a sí mismos y a sus familiar—la siguiente generación de obreros. El ingreso de las mujeres y los niños a las fábricas significó que los patrones podían pagarles menos a los obreros. Estos podían decir que bastaba con que sus salarios fueran suficientes para mantenerlos a ellos mismos, ya que sus esposas y sus hijos estaban ganando ahora su propio sustento.
El empleo de las mujeres en las fábricas fue la causa de considerable disputa en la clase obrera. Muchos hombres se opusieron a ello alegando que no sólo abarataba los salarios, sino que también ponía a las mujeres en riesgo físico (y moral). ¿Por qué, se preguntaban, debe ponerse en riesgo la salud de las mujeres, igual que la de los hombres, aludiendo a las espantosas condiciones de trabajo prevalecientes en la mayoría de las fábricas del siglo XIX? Como consecuencia hubo una fuerte corriente dentro del movimiento sindicalista que exigía restricciones al trabajo femenino y, en lugar de éste, el pago de un “salario familiar” que fuera suficiente para sostener al obrero, su esposa y sus hijos.
Otros, entre ellos Karl Marx, rechazaron esta idea, y argumentaron que la participación de la mujer en el proceso de producción era paso necesario y en última instancia progresista dentro del capitalismo, aunque el trabajo de las mujeres (como el de los hombres) fuera dañino así en lo físico como en lo mental:
Cierto es que no puede dejar de juzgarse terrible y detestable el hecho de que, bajo el capitalismo, se diluyen los lazos familiares, pero lo que no hay que perder de vista es que la industria moderna, al asignar a las mujeres, fuera de la esfera doméstica, a los jóvenes y a los niños de ambos sexos, parte importante en el proceso de producción está creando los fundamentos económicos para una forma superior de familia y de relaciones entre los dos sexos... Además, es obvio que el hecho de que el grupo de trabajo colectivo, que se compone de miembros de los dos sexos y de todas las edades, debe convertirse necesariamente, en condiciones propicias, en una fuente de desarrollo humano, aunque en su forma capitalista: brutal y desarrollado espontáneamente, en donde el obrero existe para el proceso de producción, y no el proceso de producción para el obrero, ese hecho es una fuente pestilente de corrupción y esclavitud (K. Marx, Capital, Vol. 1, Penguin, 1982, pp. 62-21).
Lo que dice Marx es que la introducción de las mujeres y los hijos en el proceso de trabajo es una tendencia inevitable dada la naturaleza del capitalismo. Dentro del capitalismo ello significará mayor explotación de un nuevo grupo de trabajadores, y ciertamente mayor porque se les pagará menos. Pero en “condiciones propicias”, con lo cual se refiere a las que prevalecerán en una nueva sociedad socialista, la participación de las mujeres en la producción se volverá no sólo necesaria; también un suceso positivo, pues los aspectos referentes a la explotación del trabajo—producción para el beneficio de la minoritaria clase capitalista—tendrán que ser erradicados.
Desde esa época la cuestión de las mujeres y el empleo ha seguido siendo un agravio no resuelto. Varios reformadores partidarios de John Stuart Mill y Harriet Taylor Mill argumentaron a favor de que hubiera iguales oportunidades para las mujeres en las esferas del empleo y la educación en particular. Y en realidad ha habido algunos cambios importantes que afectan a las mujeres. Lo que es dudoso es que tales cambios hayan resultado de los esfuerzos reformistas individuales y de las campañas feministas. El grado en que otros factores, como los contextos económico y político, han creado el ambiente que hizo necesarias reformas y la introducción de ideas nuevas lo ilustran los destinos de las mujeres en la Gran Bretaña entre las dos guerras mundiales.
En 1919, la Ley de Erradicación de Descalificación por Causa del Sexo, promulgada en la Gran Bretaña, dio acceso a las mujeres a las profesiones y a las asociaciones profesionales. Con esto se reconoció que había una minoría de mujeres con las calificaciones y adiestramiento necesarios para desempeñar tales ocupaciones. Como resultado de la ley aumentó el número de mujeres con empleos profesionales, principalmente en la docencia. Sin embargo, con la depresión económica de los veintes y los treintas fue detenido ese pequeño avance: el elevado desempleo masculino significó que se necesitaban menos mujeres en el mercado de trabajo y se tomaron medidas para obligarlas a retomar las labores domésticas. Con las Regulaciones de Anomalías de 1937 se interrumpió el pago de la ayuda por desempleo a las mujeres casadas, y así, oficialmente, las mujeres volvieron a la posición dependiente de sus esposos.
Pero a pesar de eso, en la Segunda Guerra Mundial, de nuevo se necesitó el trabajo femenino. De pronto las mujeres fueron admitidas en áreas de empleo que tradicionalmente habían sido consideradas exclusivamente masculinas y se dejó de pensar que iba contra la naturaleza que las mujeres operaran maquinaria pesada, que trabajaran de soldadoras, ingenieras o trabajadoras de la construcción. De hecho, las mujeres que empezaron a desempeñar esos trabajos con frecuencia fueron aclamadas como heroínas por la maquinaria publicitaria de la época bélica. Al mismo tiempo se abandonó la creencia de que los hijos debían pasar con sus madres sus primeros años: se establecieron numerosas guarderías para facilitar que las mujeres desempeñaran trabajos de tiempo completo como parte de la empresa bélica.
Concluida la guerra, surgió una nueva situación: la desmovilización condujo a la vuelta en masa de los hombres al mercado laboral. La nueva propaganda exhortó a las mujeres a retornar a su lugar “correcto” en el hogar, y se cerraron las guarderías para subrayar el mensaje. Este reflujo y flujo de las oportunidades de empleo para las mujeres ocurrió a pesar de los esfuerzos sinceros de las feministas y los liberales que hicieron campaña por la igualdad de oportunidades para las mujeres. Esto demuestra que, cuando el capital necesita la fuerza de trabajo de las mujeres, creará las condiciones necesarias que permitan el trabajo femenino usando la legislación, la propaganda y los incentivos financieros adecuados o tomará cualesquiera de las medidas al alcance de la clase capitalista.
Las mujeres y el desempleo
¿Cuál ha sido la posición de la mujer en el mercado de trabajo desde la Segunda Guerra Mundial? En 1950 la proporción de mujeres adultas que ocupaban empleos pagados era del 30 por ciento; hacia 1980 era del 51 por ciento y desde entonces ha habido un ascenso aún más acentuado de la proporción de mujeres casadas que trabajan fuera de casa, de alrededor del 20 por ciento en 1950 a más del 50 por ciento hoy en día. Sin embargo, a pesar de este aumento, la categoría de las mujeres como trabajadoras no ha mejorado mucho ni tampoco el monto de los sueldos en comparación con los de los hombres. En 1975 se aprobó la Ley de Pago Igualitario y todavía entre 1977 y 1981 la brecha salarial entre hombres y mujeres en realidad se amplió: en la actualidad las percepciones semanales de la mujeres seguían siendo de apenas el 66 por ciento del las de los hombres. Una posibilidad de esquivar lo estipulado por la ley significó que el pago igual sólo se garantizaba para “el mismo trabajo o semejante”; y de ahí que pudieran redefinirse los trabajos, o restringir a las mujeres a ocupaciones en que no se acostumbraba emplear a los hombres y así no se podían comparar los sueldos”.
No obstante la igualdad formal de oportunidades iguales la mayoría de las mujeres continuó concentrada en empleos mal remunerados o de baja categoría. En el Informe de la Comisión de Oportunidades Iguales publicado en 1980 se vio que los hombres ejercían el 95 por ciento del trabajo de capataces y supervisores; el 91 por ciento del trabajo manual calificado y que el 89 por ciento ellos constituía el personal profesional y administrativo. Aun cuando las mujeres hubieran obtenido la categoría profesional el reporte mostraba que persistían las desigualdades: el 25 por ciento de los médicos eran mujeres, pero sólo el 9 por ciento consultores; el 50 por ciento de los estudiantes de leyes eran mujeres pero sólo el 10 por ciento eran abogadas y procuradoras y menos del 3 por ciento jueces del Tribunal superior; el 10 por ciento de los profesores universitarios eran mujeres pero sólo el 1 por ciento de los profesores eran mujeres. También se ha demostrado que la idea de que las mujeres sólo trabajan para cubrir sus “pequeños gastos” es un mito: una de cada seis familias depende ahora de una mujer como la única proveedora y la mayoría de las familias necesitan dos salarios para apenas alcanzar a subsistir.
La recesión económica actual está ejerciendo un efecto significativo sobre las perspectivas de empleo para las mujeres. El trabajo de muchas mujeres ha sido tradicionalmente en el sector público, sector que ha sido afectado especialmente por los recortes del gasto público. En 1981, los trabajos de 30,000 mujeres eran sólo en el servicio de comidas de las escuelas y la reorganización debida a la privatización está afectando a millares de trabajos de mujeres en el gobierno local y en el servicio de salud. Los efectos de la recesión se están exacerbando, por lo menos a corto plazo, por el desempleo resultante de la nueva tecnología. Los trabajos de oficina en particular—clásica área de trabajo femenino—cada vez son más difíciles de encontrar. Una encuesta de la Comisión de Iguales Oportunidades, la Tecnología de la Información en la Oficina, ha estimado que hasta el 40 por ciento de los empleos de oficina podrían desaparecer. Asimismo en la industria, otra área tradicional del “trabajo de la mujer”, se están perdiendo trabajos a causa de la recesión.
Muchas mujeres escogen, o se ven forzadas a, trabajar parte del tiempo, arreglo que puede conciliarse mejor con las responsabilidades de criar a los hijos. Las mujeres constituyen el 86 por ciento de todos los trabajadores de tiempo parcial; el 41 por ciento de todas las mujeres trabaja menos de 30 horas a la semana (que es el modo como el gobierno define el trabajo de tiempo parcial o de medio tiempo—como también se les llama) y el número de obreras de tiempo parcial se duplicó entre 1961 y 1980. Es muy probable que los trabajadores de tiempo parcial sean especialmente mal pagados y que sufran pésimas condiciones de trabajo, pocas perspectivas de ascenso y poca seguridad en el trabajo o ínfima protección jurídica; tampoco califican para planes de ausencias pagadas en caso de enfermedad o pago de pensiones. Sin embargo, a los patrones les convienen los trabajadores de medio tiempo porque les dan la posibilidad de alargar las horas de atención al público, atender los máximos de clientela o usar más tiempo la maquinaria. Frecuentemente, el trabajo de tiempo parcial es más barato y reduce los pagos de horas extras a los demás obreros. Los trabajadores de tiempo parcial son más fáciles de despedir cuando el negocio decae y muchos de ellos no califican para indemnización por despido.
Cuando las mujeres han peleado con sus patrones el derecho a salario igual al de los hombres y condiciones de trabajo favorables, no siempre han podido confiar en el apoyo de los sindicatos. A pesar del hecho de que en los años setenta el número de mujeres que se afiliaron a sindicatos fue el doble que el de hombres, muchos de los grandes sindicatos como el del Transporte y Obreros Generales, la Unión de Sindicatos de Trabajadores de Ingeniería y la Sindicato de Obreros Municipales y Generales sólo con gran lentitud fueron deponiendo su hostilidad hacia sus compañeras mujeres. El Congreso de Sindicatos Industriales respondió con cautela al aumento de miembros mujeres: de 41 puestos de delegados sindicales se asignaron dos a mujeres y este número aumentó a 5 en 1981. Este recurso de la discriminación positiva se volvió el procedimiento usual para tratar con los “problemas de las mujeres” en los sindicatos (y también en muchos partidos políticos). Se ha reforzado la tendencia entre los sindicalistas a considerar que los intereses de las obreras son de algún modo distintos y separados de los de los obreros, en lugar de reconocer que tan sólo son una faceta más de las condiciones que prevalecen en la clase obrera en su conjunto. El nombramiento de comités de mujeres dentro de los sindicatos obreros sólo ha contribuido para promover la división entre los trabajadores.
Pero concentrarse en la persistencia de las inequidades en el empleo es arriesgarse a caer en la trampa en la que caen la mayoría de las feministas: esto es, suponer que el logro de la igualdad real en estas áreas traería consigo la liberación. Aun cuando bajo el capitalismo fuera posible la igualdad, ¿alcanzarían las mujeres la liberación o el único resultado sería la igualdad de explotación del trabajo de los hombres y la mujeres por la clase capitalista (compuesta asimismo tanto de hombres como de mujeres)?
Las mujeres y la educación
Uno de los determinantes clave de las oportunidades de empleo de una mujer (y en realidad las de cualquier individuo) dentro de la sociedad actual es su grado de acceso a la educación. No debe sorprender, por tanto, que ésta sea un área en que las feministas han luchado con más firmeza por alcanzar la igualdad. Pero el progreso ha sido lento. En los años veintes, las mujeres constituían menos de la quinta parte de todos los estudiantes universitarios de la Gran Bretaña; hacia 1965, la proporción era de sólo la cuarta parte. La Ley de Educación de 1944 fue importante ya que otorgó subvenciones gubernamentales a todos los que permitieran a las mujeres competir con los hombres con base en el mérito. La expansión de las universidades en los años sesenta permitió que más mujeres ingresaran en la educación superior. Sin embargo, hacia 1981 ellas constituían apenas la tercera parte de los estudiantes universitarios, y la mayoría de las estudiantes están aún concentradas en las artes, las humanidades o la formación como docentes, pero no en cursos científicos o técnicos mediante los cuales serían mejores sus probabilidades de obtener puestos de categoría superior y sueldos más elevados.
Tanto en la educación primaria como en la secundaria, la enseñanza que los niños y las niñas reciben tiene diferencias importantes. Por ejemplo, hasta los años sesenta, persistía la idea de que las niñas, aparte de las más dotadas, no gozarían del beneficio total de demasiada educación académica pues en su mayoría estaban destinadas a ser esposas y madres, papeles para los cuales eran más convenientes las destrezas domésticas. Esto se refleja en varios informes oficiales, como el Informe Crowther de 1959, y el Newsom, de 1963:
En el Informe Crowther se lee, por ejemplo:
...la perspectiva del noviazgo y el matrimonio debe influir correctamente en la educación de las adolescentes.
Como consecuencia de este modo de pensar, muchas mujeres jóvenes entraron al mercado laboral sin las destrezas y las calificaciones “vendibles” que habría mejorado sus oportunidades de empleo.
Desde la Ley Contra la Discriminación Sexual, de 1975, se ha fomentado formalmente la igual educación para niños y niñas y ha habido un progreso considerable hacia la comprensión de las maneras como se pueden trasmitir las prácticas y las actitudes sexistas por medio del sistema educativo. Permanece, sin embargo, una fuerte predisposición dentro de la educación a favor de los niños y esto se hace particularmente manifiesto en las materias científicas y técnicas donde hay tres veces más niños que niñas dedicados al estudio de tales materias. Del mismo modo, datos recientes indican que en algunos campos de estudio, nuevos e importantes, los niños están recibiendo mucho más educación en dichos campos desde edades tempranas. Se piensa, por ejemplo, que las computadoras son científicas y por tanto de mayor interés para los niños que para las niñas. Eliminar esta predisposición exige más que el mero reconocimiento del problema. Haría falta entender que el sistema educativo es una parte integral y vital de la sociedad capitalista y, en último análisis, promueve los intereses de la clase dominante.
La familia y el divorcio
Las feminista siempre, desde Mary Wollstonecraft en el siglo XVIII, han reconocido la naturaleza potencialmente opresiva de las relaciones personales dentro del matrimonio y la familia. Pero la familia sigue siendo la unidad básica de la sociedad y la gente continúa casándose. A pesar de la liberalización en algunas áreas de la vida sexual y la vida familiar desde la Segunda Guerra Mundial las cosas en realidad no son tan diferentes. La “liberalización” ha sido principalmente legislativa y el grado en que tales cambios han alterado las vidas de la mayoría de los hombres y mujeres es poco notable.
Por ejemplo, en 1969, se aprobó la Ley de Reforma del Divorcio, haciendo que éste fuera significativamente más fácil de obtener y hubo en realidad un incremento repentino del número de divorcios. Hoy, el 40 por ciento de los primeros matrimonios termina en divorcio. La infelicidad dentro de muchos matrimonio se ve explícitamente en los casos de esposas golpeadas, área de preocupación creciente a principios de los años setenta. Esta preocupación llevó a la construcción de refugios en la mayoría de las poblaciones de la Gran Bretaña, con el fin de proporcionar un albergue seguro a mujeres que habían sido golpeadas por sus esposos o sus cónyuges informales. Si bien los refugios ofrecen un servicio muy necesario para las mujeres, no llegan a entender o explicar las razones de la violencia marital. Como es el caso con muchas feministas, las dedicadas a la Ayuda a las Mujeres caen rápidamente la explicación simplista, la de los hombres son por naturaleza violentos y agresivos. La solución que ofrecen a las mujeres es la de proporcionarles una ruta de escape que no podrían obtener de ningún otro modo. Aunque los refugios para las mujeres están haciendo un trabajo útil dentro del contexto del capitalismo, su análisis de las razones del porqué de la violencia marital no pondera lo suficiente los factores externos al hogar que contribuyen a la violencia y a las relaciones personales llenas de tensión, como el desempleo, la pobreza, la vivienda deficiente y la responsabilidad de criar a los pequeños. Así que medidas como la provisión de refugios o la Ley de Procedimientos Matrimoniales y contra la Violencia Doméstica, de 1976 (que concedió a las mujeres mejor protección jurídica contra los maridos y compañeros violentos) sólo están ocupándose de los síntomas de la discordia doméstica pero no de las causas.
Sin embargo, a pesar de este cuadro desalentador, la gente sigue casándose—siguen creyendo en el romanticismo, la imagen deslumbrante de las relaciones maritales que les han inculcado. ¿Por qué la gente sigue aceptando este mito a pesar de las pruebas en contra? Las feministas han tendido correctamente a denunciar el papel del condicionamiento y la propaganda en este proceso. Sin embargo, es importante reconocer también que en la concepción oficial que el gobierno tiene de la familia sigue siendo el de la unidad básica de la sociedad y que esto presta colorido a la provisión de cosas como la vivienda, la seguridad social y las deducciones fiscales. De ahí que a tantas personas les parezca más fácil casarse que complicar sus vidas nadando contra la corriente. De hecho, el cuadro oficial de la familia estándar formada por un padre y una madre—padre que gana el pan y madre responsable de los hijos—no se conforma a la realidad: el 65 por ciento de las familias no tienen hijos; el 4 por ciento de las familias son de un sólo padre; el 16 por ciento de las familias tienen un esposo y una esposa que salen a trabajar y tienen niños que dependen de ellos; el 2 por ciento es de parejas con hijos en que el hombre no tiene empleo pagado, pero algunas de las mujeres sí; y no más del 13 por ciento de las familias tienen un sostén económico masculino, una esposa en casa y niños dependientes (General household Survey 1980).
Control de la natalidad
El control de las mujeres sobre la reproducción ha sido por años otro motivo de clamorosa campaña por parte de las feministas. Con los perfeccionamientos de la técnica y la disponibilidad de medios anticonceptivos eficaces las actitudes hacia el sexo se hicieron más relajadas. La Ley de Planeación Familiar de 1967 facultó a las autoridades locales para dar asesoría sobre el control natal así como medios para llevarlo a cabo. Ya sin el temor al embarazo gracias a métodos anticonceptivos las mujeres estuvieron libres en grado nunca antes alcanzado para determinar cuándo, o si, iban a tener hijos.
En el mismo año que se promulgó la Ley de Planeación Familiar también se legalizó el aborto. Esto fue en respuesta a la preocupación por el incremento del número de abortos ilegales. Los cabilderos antiaborto trataron que se diera marcha atrás y sostuvieron una prolongada campaña contra los que estaban a favor del aborto. En 1972 se emprendió la Campaña Nacional Pro Aborto y Anticoncepción (NWACC: National Women’s Abortion and Contraception Campaign) dirigida contra una serie de proyectos de ley presentados por particulares, todos ellos encaminados a reducir la permisibilidad del aborto. En 1975 la NWACC se convirtió en la Campaña Nacional Pro Aborto (NAC: National Abortion Campaign), cuyo lema fue “Por el derecho de la mujer a elegir”. Hasta la fecha todos los intentos por modificar la legislación vigente sobre el aborto han fracasado, y a pesar de los temores de la camarilla antiaborto no ha habido un incremento multitudinario del número de abortos realizados: hacia 1977, 10 años después de la promulgación de la ley, el número de abortos se había estabilizado en 100,000 al año. No obstante que hasta la fecha las feministas han podido vencer los intentos por restringir la permisibilidad del aborto, hechos en el nivel parlamentario, han tenido menos éxito en impugnar la permisibilidad restringida del aborto que ha resultado de los recortes al presupuesto de los servicios de salud.
Desde luego hay de por medio problemas médicos y éticos muy reales en el asunto del aborto y en último análisis está el derecho de los propios individuos a decidir. Sin embargo, se exacerban estos problemas por la naturaleza de la sociedad en que vivimos. En un mundo sano, probablemente nadie optaría por el aborto como método anticonceptivo. El hecho de que las mujeres se vean forzadas a realizarlo en la sociedad actual nos dice algo sobre esta misma y sobre las presiones contradictorias a que se ve sometida la gente. Por ejemplo, el costo y la responsabilidad de la paternidad y la maternidad, la actitud ambivalente hacia la asesoría en control natal para los jóvenes y la falta de recursos dedicados a la investigación y el desarrollo de opciones nuevas, más seguras y eficaces que los actuales métodos anticonceptivos.
Capítulo 2
¿En qué está equivocada la teoría feminista?
La historia del siglo XX en la Gran Bretaña es de ganancias relativamente pequeñas para las mujeres en algunas áreas de la vida social y económica, logradas a un costo enorme para las mujeres que han librado la lucha. ¿Por qué? Un examen del movimiento feminista mostrará que el fracaso de las feministas en obtener una liberación real y duradera es resultado directo de fallas en sus análisis de la opresión que sufren las mujeres.
Hoy, en el movimiento feminista, hay tres o más claras tendencias: el feminismo liberal, el feminismo radical y el feminismo socialista, a las que seguidamente pasaremos revista.
Feminismo liberal
El objetivo de las feministas liberales es mejorar lo que ya existe, en vez de tratar de transformar radicalmente a la sociedad. Detrás de este objetivo está la creencia de que las reformas progresistas pueden conducir a la igualdad real y significativa de las mujeres sin necesidad de un cambio revolucionario. Los papeles según el sexo, se argumenta, son construidos y enseñados socialmente—por medio de instituciones sociales como la familia, el sistema educativo y los medios de difusión; por lo tanto, es posible cambiarlos. No se ve la desigualdad sexual como resultado inevitable de las diferencias biológicas o de un particular sistema social, lo cual significa que pueden ser vencidas, al decir de las feministas liberales cambiando las formas en que las personas aprenden a tratarse unas a otras y eliminando las prácticas discriminatorias mediante leyes al efecto. La meta del feminismo liberal es, por tanto, una distribución más igualitaria de los bienes sociales y económicos—posición social, poder, riqueza, etc.—entre los sexos.
John Stuart Mill y Harrie Taylor Mill, en sus escritos de fines del siglo XIX se anticiparon a buena parte del pensamiento feminista liberal de hoy en día en su obra sobre las mujeres. El análisis de los Mill es limitado porque aunque describen muy lúcidamente la opresión de la mujer, no consiguen ofrecer una explicación convincente de por qué es que los hombres están en posición de imponer su voluntad a las mujeres o por qué en general las mujeres aceptan tal estado de cosas.
Para J. S. Mill las mujeres estaban sometidas a los hombres desde los más remotos tiempos por su relativa debilidad física: la fuerza era el elemento dominante en las sociedades primitivas y con la civilización sólo se ha obtenido el reemplazo de la fuerza física por los sentimientos morales como medio de control social. En cierto punto de la historia, cuando la humanidad fue capaz de concebir una “elevada moralidad”, las relaciones desiguales entre hombres y mujeres, prosigue Mill, quedaron como un vestigio de los tiempos primitivos. Este análisis permitió a los Mill exponer un programa para la emancipación femenina que requería de cambios sólo en las esferas legal, política y cultural. En consecuencia, la estructura de clases existente seguiría tal cual, sin cambio alguno, salvo que dentro de una clase dada habría mayor igualdad entre los sexos. Además, los Mill no estaban a favor de que las mujeres, en la práctica, tuvieran acceso a todas las ramas de la actividad masculina. Argumentaron que todos debían tener derecho a trabajar, pero creían que mientras las mujeres poseyeran ciertos derechos legales, como el derecho a divorciarse, la desobediencia marital, la custodia de los hijos, propiedades, etc., posiblemente preferirían no trabajar ya que preferirían dedicarse a la procreación (única ocupación en que las mujeres tenían el monopolio) y a la crianza de los hijos (que, se infería, era misión necesariamente femenina). Los Mill pasaron por alto el hecho de que en la época de sus escritos muchas mujeres se veían forzadas a salir a trabajar por necesidad económica, y que el trabajo de ninguna manera significaba liberación o emancipación sino más bien el camino al agotamiento, a la pérdida de la salud y a la muerte prematura. Cuando Harriet-Taylor Mill escribió:
El poder de devengar un salario es esencial para la dignidad de la mujer en caso de que carezca de propiedad personal (The Subjection of Women and the Emancipation of Women [El sometimiento y la emancipación de las mujeres], Virago, 1983, p. 89),
se estaba dirigiendo a una ínfima minoría de mujeres a las que ella se imaginaba como profesionistas, y no a aquéllas que se habían visto obligadas a vender su fuerza de trabajo a los propietarios de las fábricas en general y a las de hilados y tejidos movidas por una clase de trabajo que sólo puede calificarse de esclavo, a cambio de salarios insignificantes para no hablar de la pérdida de la dignidad.
Los argumentos de los Mill a favor de la emancipación fueron en esencia morales: la sociedad había llegado a un punto en que era tan irracional como inaceptable considerar a las mujeres como seres inferiores y esto debía reconocerse garantizándoles plena igualdad jurídica y política ante los hombres. El motor que impulsaría el cambio consistiría en despertar la intuición moral de la gente y un proceso de reeducación moral por el que el pueblo terminaría por entender que las mujeres tienen igual derecho a desempeñar cualesquiera actividades que condujesen a su realización personal. Tales prescripciones no representan un ataque fundamental a las relaciones de propiedad o las estructuras económicas imperantes, que quedarían intactas. Fue esta clase de liberalismo lo que constituyó la parte principal del fundamento teórico del movimiento sufragista femenino tanto en la Gran Bretaña como en Estados Unidos.
Sin embargo, dentro del pensamiento liberal hubo un amplio espectro, que varió desde los que limitaban sus demandas a la igualdad de derechos políticos, hasta los que veían en éstos solo una parte de un programa más amplio para la emancipación de la mujer, en el cual incluían también la libertad de las restricciones del matrimonio y el código sexual prevaleciente. Y dentro del movimiento de las mujeres por el derecho al voto hubo, se dice, además del elemento liberal que basaba sus razonamientos en las ideas de justicia e igualdad, un elemento que cifraba sus argumentos en la viabilidad, lo cual se reducía q que las mujeres eran diferentes de los hombres. Como madres representaban la custodia de la paz y el ambiente hogareño, y estas cualidades femeninas “naturales” podían ejercer una influencia benéfica sobre la vida pública y el gobierno, en especial porque mucho de lo que antes se hacía dentro de casa ahora podría hacerse fuera de la esfera doméstica. Así, por ejemplo, en la Gran Bretaña, la Liga Pro Trabajo Femenino (fundada en 1906 para representar a las mujeres en el Parlamento en relación con el Partido Laborista) fue descrita como “una organización para infundir en la política el espíritu materno”. (Esta idea no ha sido eliminada hasta la fecha del pensamiento de algunas feministas contemporáneas, tales como algunas de las mujeres que protestaron en la base aérea de Greenham Common, que reclamaron para la mujer el monopolio de las cualidades pacíficas.)
Mientras continuaba la lucha de las mujeres por el voto en la Gran Bretaña, 1903 vio el nacimiento de una organización nueva y más activista, la Unión Social y Política de Mujeres, USPM (Women’s Social and Political Union: WSPU), de Mrs Pankhurst que buscaba centrar la atención en el objetivo único de “el voto para las mujeres”. Sin embargo, ni las actividades de incluso las sufragistas más animosas ni el tratamiento ultrajante que recibieron de las autoridades bastaron para conquistar ese objetivo. No fue sino hasta fines de la Primera Guerra Mundial, que permitió los cambios de papeles para muchas mujeres que fueron movilizadas para contribuir al “esfuerzo de la guerra”, que el gobierno les concedió el derecho a votar, primero a las mujeres mayores de 30 años de edad en 1918 (y a todos los hombres de más de 21 años en la misma legislación) y, por último, a todas las mujeres de más de 21 años en 1928.
Sin embargo, la emancipación política no trajo consigo la liberación de las mujeres. La revitalización del movimiento por la libertad femenina en los años sesenta y setentas dio lugar a una nueva lista de demandas, formuladas en las sucesivas Conferencias Nacionales Británicas Pro Liberación de la Mujer realizadas en 1978. Las demandas fueron las siguientes:
1. Igual salario por igual trabajo.
2. Iguales oportunidades e igual educación.
3. Libertad de anticoncepción y aborto a solicitud.
4. Cuidado gratuito de los niños controlado por la comunidad.
5. Independencia jurídica y financiera para todas las mujeres.
6. Fin de la discriminación contra las lesbianas.
7. Para todas las mujeres libertad contra la intimidación mediante la amenaza o por el uso de la violencia o la coerción sexual, independientemente del estatus marital. Abolición de todas las leyes, suposiciones e instituciones que perpetuaban el predominio del hombre y la agresión de los hombres contra las mujeres.
Como se sugirió en el capítulo anterior, se había hecho cierto progreso hacia la consecución de estos objetivos. ¿Pero qué sucedería si se llegaran a alcanzar todos ellos? ¿Cómo sería la nueva sociedad “no sexista”?
i) Igual salario por igual trabajo
De lograrse íntegramente este objetivo, implicaría que los patrones ya no podrían pagar a las mujeres menos dinero por trabajo de igual valor por la mera razón de ser mujeres. Tampoco sería posible definir algunos trabajos como “trabajo de mujeres” para justificar el pago de salarios menores. Lo que no implicaría es que los ingresos de todos serían igualados. Tampoco afectaría las ostensivas disparidades de riqueza que existen entre los propietarios y el resto de nosotros, que tiene que trabajar para ganarse la vida: la clase laboral. Continuaría la explotación de ésta aun cuando para algunos trabajadores, en este caso las mujeres, las condiciones mejoraran un poco. La dinámica del capitalismo es tal que los capitalistas individuales son forzados constantemente a reducir sus costos de producción para mantener su cuota del mercado. Así, con la mejor voluntad del mundo, si fueran obligados a poner en ejecución una legislación que prescribiera salarios iguales, buscarían otras maneras de reducir los costos, por ejemplo, aumentando la velocidad de las máquinas, o introduciendo nueva tecnología.
ii) Iguales oportunidades e igual educación
Las consecuencias de la puesta en práctica de esta demanda sería que habría más mujeres en puestos alta categoría: abogadas, médicas, científicas, profesoras universitarias; y sería más probable que las mujeres ingresaran en campos tradicionalmente masculinos, como el de la ciencia, la ingeniería y otros de índole técnica. También significaría que a las mujeres ya no se les negaría la oportunidad igual de competir con los hombres en el trabajo de minería, barrer calles, pelear en la guerra o hacer cola con los hombres para cobrar el seguro de desempleo. Oportunidades iguales e igual educación no significan en el capitalismo igualdad absoluta en toda la sociedad. Mientras tengamos capitalismo, tendremos dos clases en la sociedad, la de los trabajadores y la de los capitalistas, y mientras haya dos clases habrá desigualdad, aun cuando dentro de la clase obrera hubiera mayor igualdad. Oportunidades iguales no significan más oportunidades; sólo significan el mismo número pero distribuido más equitativamente. ¿Qué habrá cambiado en las vidas de la mayoría de los hombres y las mujeres obreros si una mujer es la propietaria de la fábrica o empresa y a ella se vende la fuerza de trabajo en lugar de a un hombre? ¿Por qué será mejor la sociedad si los obreros y las obreras compiten entre sí, sobre cualquier base igualitaria, para vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario o un sueldo, y si todos seguimos excluidos de compartir la riqueza que la sociedad podría producir de no estar gobernada la producción por el incentivo de la ganancia? ¿Por qué será mejor que una mujer ocupe el sitial del juez para juzgarnos por quebrantar las leyes del capitalismo; o si es una mujer la que actúa en el Parlamento como nuestro “representante” que contribuye a aprobar las leyes que afectan significativamente nuestras vidas pero sobre quien no tenemos ningún control; o que sea una mujer la que diseñe y construya las armas que se usan para matar a nuestros camaradas obreros en defensa del capitalismo? En el capitalismo la igualdad de oportunidades sólo puede significar un sistema de distribución de bienes escasos; lo cual no significa oportunidades iguales para que todo individuo, independientemente de su sexo, realice su propio potencial.
iii) Libertad de anticoncepción y aborto a solicitud
Es innegable que el contexto social y económico prevaleciente las decisiones de las mujeres de tener o no tener hijos suelen ser afectadas por consideraciones materiales. ¿Tendré con qué darle a mi hijo una vida decente? ¿Tener un hijo implicará que deba renunciar a mi trabajo? Las presiones culturales y sociales también son importantes: por ejemplo, la idea de que a menos que tengan hijos las mujeres no se realizan plenamente o no cumplen con su papel femenino? Las feministas creen que la libertad de elección de las mujeres mejorará enormemente si pueden determinar más exactamente cuándo y si tendrán hijos sabiendo que existen medios eficaces de anticoncepción y la posibilidad de abortar autónomamente. Tal vez así sea, pero ello no afectará las presiones sociales, culturales y económicas que influyen en las decisiones que tienen que tomar las mujeres. Vale la pena tener en mente que el capitalismo necesita niños, que son la generación siguiente de obreros. Es posible que en el futuro un número importante de mujeres del mundo “desarrollado” decida que son extremadamente grandes los riesgos, las responsabilidades y los costos personales que implica tener hijos. Pero, como veremos en el capítulo siguiente, cuando consideremos el caso de Rusia, no se permitirá que tal tendencia prospere ya que amenaza las necesidades del capital.
iv) Cuidado gratuito de los niños controlado por la comunidad
Esta demanda se enlaza claramente con la anterior. La impulsa principalmente el deseo de la mujer de verse libre cuando menos de las cargas del cuidado de los hijos de modo que puedan ellas tener más libertad para competir en el mercado de trabajo. De nuevo es importante resaltar que lo que se persigue no es la plena emancipación humana, sino tan sólo romper las cadenas de la maternidad para aceptar las de la esclavitud salarial. ¿Es en realidad más liberador trabajar ocho horas al día por un sueldo o salario en una oficina o una fábrica, que pasar la jornada con niños pequeños y ejecutando labores domésticas? Desde luego, se puede argumentar que en realidad es un problema de libertad de elección: esto es, la libertad de escoger si pasar el tiempo cuidando a los hijos o vendiendo nuestra fuerza de trabajo. Pero, en primer lugar, la mayoría de los hombres no tienen esta opción en grado mayor que las mujeres y, en segundo lugar, qué clase de elección es cuando las únicas dos posibilidades son si mejorar nuestro nivel de vida y posiblemente la posición personal, yendo a trabajar para ganar dinero o pasar el tiempo en casa, con o sin hijos, pero sin dinero para pagar la clase de actividades que harían más satisfactorio ese tiempo. Para la mayoría de la gente la mayor parte del tiempo, simplemente no hay elección posible: la clase obrera, hombres y mujeres, tienen que salir a trabajar, no porque encuentren sus trabajos más o menos satisfactorios o disfrutables que cualquier otra actividad que pudieran realizar, sino porque tienen que hacerlo para proveerse a sí mismos y a sus familias el sustento diario. La provisión del mejor cuidado de los hijos facilita un poco este proceso a los trabajadores beneficiados, pero no elimina la necesidad de salir a vender su fuerza de trabajo.
v) Independencia jurídica y financiera para todas las mujeres
Cierto que la ley tal y como existe contiene muchos artículos que fijan la posición de las mujeres como seres dependientes. Las mujeres casadas, por ejemplo, no pueden pedir por derecho propio los beneficios de la seguridad social; sus esposos, que son sus proveedores legales, son quienes deben reclamarlos. Las leyes fiscales tratan también a las mujeres como dependientes de los hombres. Sin embargo, estas leyes están siendo cambiadas y no sería raro que dentro de poco tales anacronismos desaparecieran. ¿Pero tal “independencia” jurídica y financiera significaría que las mujeres habrían alcanzado la liberación? Significaría liberación en el sentido de que formalmente las mujeres tendrían una posición igual a la de los hombres pero independiente de éstos. Pero en la realidad todo cuanto habrán logrado será que su posición de dependientes de los hombres cambiará por otra clase de dependencia—la dependencia directa del sistema capitalista—, la de proporcionarles empleo o beneficios. ¿Qué tan independiente podrá ser realmente alguien mientras siga siendo dependiente de los caprichos del sistema económico capitalista que ha de proporcionarle los medios de subsistir? La ilusión de la libertad y la independencia se crea durante los periodos de “pleno” empleo por el hecho de que el trabajador o la trabajadora puede vender su fuerza de trabajo al mejor postor o en recompensa por las mejores condiciones de trabajo. En épocas de recesión económica y gran porcentaje de desempleo, esta “libertad” se manifiesta en toda su falsedad: la clase obrera en su conjunto está encadenada a la clase capitalista porque depende de los dueños de los medios de producción el proporcionarle puestos de trabajo. Y cuando el capital ya no necesita trabajo simplemente despide a sus obreros: ¿cuánta independencia tiene entonces el desempleado que tiene que depender totalmente de los beneficios otorgados por el Estado?
vi) Fin de la discriminación contra las lesbianas
Este sería un gran logro para las mujeres en tal situación. Sin embargo, es un objetivo demasiado limitado. Los socialistas se proponen construir una sociedad en que ningún grupo sea tratado inequitativamente por causa de su sexo o su preferencia sexual. Tratar de ponerle fin a la discriminación contra los grupos minoritarios dentro del capitalismo no traerá consigo la emancipación en su sentido más amplio, es decir, que se tengan los medios para que todo individuo viva una vida, definida en sus propios términos, que valga la pena.
vii) Para todas las mujeres libertad contra la intimidación mediante la amenaza o por el uso de la violencia o la coerción sexual, independientemente del estatus marital. Abolición de todas las leyes, suposiciones e instituciones que perpetuaban el predominio del hombre y la agresión de los hombres contra las mujeres
Esta es una formulación de lo más amplia del principio, que una demanda real e incluye en términos más generales todas las demandas hechas hasta ahora, aunque los problemas de violación y violencia sexual han pasado a primer plano especialmente entre las feministas radicales.
Las demandas de las feministas liberales son en esencia que la libertad y la igualdad sean extendidas a las mujeres. Su creencia es que estos ideales son alcanzables dentro de la estructura económica existente con sólo que haya la voluntad de luchar por ellas, se promulgue la legislación adecuada y la gente cambie de modo de pensar. De ahí que se lancen a luchas prolongadas y sinceras por lograr tales cambios y en realidad han conseguido algunos triunfos. ¡Pero cuán poco obtienen con tanto esfuerzo y qué moderados son sus objetivos! Examinando de cerca el problema se ve que la libertad y la igualdad verdaderas para las mujeres y los hombres sencillamente no son posibles dentro del capitalismo. La desigualdad y la esclavitud del salario son parte necesaria de la estructura económica capitalista. Esto no quiere decir que ninguna reforma valga la pena, sino que cada una de estas reformas debe verse exactamente como lo que es. Las reformas no ayudan a alcanzar la única clase de sociedad en que el ideal de libertad e igualdad puede realizarse íntegramente.
El feminismo radical
Dentro del movimiento feminista, hay una tendencia que sí se propone como meta la transformación radical de la sociedad. Las feministas radicales ven a todos los hombres cuando menos con suspicacia y frecuentemente con franca hostilidad: los hombres son “el enemigo”. El rasgo característico de la sociedad, afirman, consiste en que es patriarcal. Afirman con esto que la dominación masculina lo invade todo, es universal y está en la raíz de todas las clases de opresión y explotación. Día con día los hombres, argumentan, se benefician de su poder sobre las mujeres y, por consiguiente, procuran mantener su posición dominante, de ser necesario por la violencia o con la amenaza de la violencia. Son variadas sus ideas de cómo reemplazar por otra la sociedad patriarcal. La sociedad andrógina y sin sexo por la que aboga Shulamith Firestone parece la única respuesta para trascender las diferencias de género, y que sería la eliminación de la función reproductiva de las mujeres y su reemplazo por medios cibernéticos; otros grupos feministas prevén una sociedad separatista, dominada por las mujeres.
Resaltan dos puntos al examinar el feminismo radical. En primer lugar, ¿es correcto el análisis aducido por las feministas radicales? ¿Es verdad que todos los hombres dominan a todas las mujeres? Naturalmente, la respuesta es que no. En este caso estamos reducidos a la afirmación mucho más débil de que algunos hombres dominan a algunas mujeres, lo cual difícilmente puede constituir una base sólida para un movimiento erigido sobre agrupaciones de género, pues la extensión lógica de esto es que algunos hombres dominan a otros hombres, algunas mujeres dominan a otras mujeres y también algunas mujeres dominan a otros hombres. En suma, cierta gente domina a cierta gente.
El segundo punto es que las feministas radicales son utópicas en el sentido de que dibujan un cuadro de la clase de sociedad en que les gustaría vivir pero no dicen cómo vamos a llegar a ella desde nuestro aquí y ahora. Los actos de protesta que realizan son meramente simbólicos, como atacar las tiendas de material pornográfico, con lo que las activistas sólo logran seer multadas o encarceladas. Sus instrucciones hacia otras mujeres pueden ser conservadoras o dictatoriales: por ejemplo, por lo menos un grupo de feministas radicales ha dado instrucciones a otras mujeres de que deben adoptar un estilo de vida separatista al grado de abstenerse de tener relaciones sexuales con hombres y permanecer célibes o bien tener relaciones sexuales sólo con otras mujeres, sin importar cuáles sean sus verdaderas preferencias sexuales.
No debe asombrar, pues, que la sociedad feminista separatista defendida por las feministas radicales atraiga poco apoyo de la mayoría de las mujeres, para no decir de los hombres. La mayoría de las mujeres, acertadamente, no considera que sus esposos, padres, novios, hermanos, hijos o amantes sean sus opresores. Cierto que algunas mujeres sufren a manos de los hombres, pero eso no es consecuencia de las diferencias de género innatas sin producto del daño hecho a la persona durante su infancia y posteriormente. Como ya vimos, las mujeres son condicionadas desde edad temprana para desempeñar un papel pasivo mientras que los hombres son formados para representar papeles de personajes enérgicos y agresivos. No hay que sorprenderse entonces de que las mujeres padezcan cuando los modelos de los papeles sexuales son los del ¡macho dominante y la mujer obediente!
Podrá darse el caso de que en una sociedad socialista haya mujeres que prefieran vivir separadamente de los hombres y no hay razón para que no pueda ser así. Sin embargo, lo que no es posible es que el socialismo se alcance sólo por esfuerzo de los hombres o sólo por esfuerzo de las mujeres. Hacen falta los esfuerzos conjuntos tanto de los hombres como de las mujeres, que luchen juntos en un plano de igualdad.
El feminismo “socialista”
Las mujeres que se llaman a sí mismas feministas “socialistas” reconocen la existencia de dos clases en pugna en la sociedad, pero también afirman que hay una división sexual que completa o parcialmente afecta a ambas clases. De esto resultan varias posiciones teóricamente contradictorias.
La relación entre las divisiones en clases y en géneros es crucial para la teoría feminista “socialista”. Las feministas “socialistas” han tendido a rechazar la idea que es una consecuencia del modo de producción. Tal análisis, argumentan, deja de lado la naturaleza específica de la opresión de las mujeres, que es diferente de la que sufren los obreros. Para que este argumento tenga algo de peso, sin embargo, las feministas “socialistas” deben responder las siguientes preguntas:
1. ¿Qué es privativo de las mujeres que hace que su relación con los medios de producción sea diferente de la de los hombres?
2. Si las mujeres son oprimidas de alguna manera diferente, por su género, ¿experimentan las mujeres de la clase capitalista la misma opresión y, de ser así, cuál es entonces su verdadera posición de clase?
Al tratar de responder la primera pregunta, las feministas “socialistas” han tendido a subrayar lo siguiente: que la teoría socialista, en especial la marxista, se ocupa exclusivamente de los trabajadores hombres; que la posición de las mujeres es diferente en que muchas de ellas no están ocupadas en trabajo estrictamente productivo pues su área principal de actividad es el trabajo doméstico; que dentro de su propia clase las mujeres sufren la opresión de los hombres; que las mujeres constituyen un ejército de reserva del trabajo, el cual puede ser usado por la clase capitalista.
No es verdad, sin embargo, que Marx haya levantado su teoría económica en torno de la noción de trabajadores masculinos; o que cuando usa términos como capitalista o “proletario” se esté refiriendo sólo a los hombres. Es posible criticar a Marx por no haber atacado específicamente el asunto de las mujeres (aunque en sus escritos sí hace explícito que la explotación de las mujeres sí difiere fundamentalmente de la de los hombres.
Es verdad que muchas mujeres están entregadas al quehacer doméstico, ¿pero significa esto que se hallen en una clase diferente de la de los hombres? Esta cuestión ha dado lugar a un debate dentro de ciertos sectores del movimiento feminista, sobre el papel del quehacer doméstico en el capitalismo, debate que se ha enfocado en estas dos áreas relacionadas: el grado en que puede decirse que el quehacer doméstico es “productivo” y la posición de clase de las mujeres que realizan quehaceres domésticos.
Algunas feministas han criticado a las organizaciones izquierdistas por no haber considerado seriamente el asunto del trabajo doméstico ni impugnado la división sexual del trabajo. Históricamente, el movimiento sindicalista se ha concretado a demandar un “salario familiar” adecuado, en lugar de plantear problemas relativos al sentir de las mujeres sobre su dependencia económica. Las feministas “socialistas” también han criticado la omisión en que han incurrido algunos izquierdistas al no reconocer el trabajo doméstico como “trabajo”. Esta omisión obedece sobre todo al desentenderse de muchos hombres de lo que entraña el trabajo doméstico y el cuidado de los niños, pero también es un malentendido de algunos de los conceptos que se aplican comúnmente al trabajo. Por ejemplo, en 1912, Rosa Luxemburgo escribió:
Este trabajo [el quehacer doméstico] es no productivo dentro del significado del presente sistema económico del capitalismo.
Pero enseguida agrega:
Sólo es trabajo productivo es que produce plusvalía y por ende ganancia para el capitalista (Luxemburgo, Rosa. Women’s Suffrage and the Class Strugle [Sufragio femenino y lucha de clases], reimpreso en H. Draper y A. Pow, Marxist women versus bourgeois feminism, Socialist Register, 1976).
Partiendo de tal análisis muchas feministas “socialistas” han tratado de argumentar que la concepción marxista es problemática en su criterio de pertenencia a la clase obrera, que parece excluir a todas las mujeres que no son parte del proceso productivo, y que las mujeres que están dedicadas al trabajo pagado son, en general, también responsables del trabajo doméstico y el cuidado de los hijos, por lo que son “sobreexplotadas” de un modo que no lo son los hombres. Como consecuencia, han tratado de elaborar nuevas teorías que expliquen la categoría aparentemente ambigua del trabajo doméstico. Sin embargo, muchas de estas teorías se vienen abajo porque, al colocar a las mujeres en una categoría exclusiva de ellas, suponen que la división sexual del trabajo es total, es decir, que todos los hombres están dedicados a la producción de mercancías y todas las mujeres al trabajo doméstico, lo que simplemente es falso.
Aunque la mayoría de las feministas “socialistas” ha aceptado correctamente que el trabajo doméstico es parte del proceso de reproducción total del capitalismo y como tal es de importancia económica (y que también desempeña una importante función ideológica), ha habido considerable desacuerdo sobre el vínculo preciso entre trabajo doméstico y proceso de trabajo capitalista. Sobre el tema del trabajo productivo en general y del doméstico en particular, Marx escribió:
El único trabajador que es productivo es aquél que produce plusvalía para el capitalista o, en otras palabras, el que contribuye a la autovalorización del capital (K. Marx, Capital, vol. 1, Penguin, 1982, p. 644).
Pero decir que una persona es “productiva” en este sentido es no decir nada sobre la posición de clase de la persona: una persona (un obrero) puede ser productivo o improductivo y aun así seguir siendo parte de la clase obrera según la definición de Marx (es decir, no dueño de los medios de producción). Del mismo modo, la primera parte de la declaración es modificada ligeramente por la segunda parte para incluir a quienes “contribuyen” a la producción de plusvalía. Esto debe tomarse en cuenta con los comentarios de Marx sobre “el trabajador colectivo”. Aquí Marx observa que, conforme se desarrolla el capitalismo, así también el proceso de trabajo va adquiriendo cada vez más naturaleza cooperativa.
Para trabajar productivamente, ya no es necesario que el propio individuo ponga sus manos sobre el objeto; pues basta con que sea un órgano del trabajador colectivo y realice cualquiera de sus funciones subordinadas (K. Marx, Capital, Vol. 1, Penguin, 1982, pp. 643-4).
Además de este concepto del “trabajador colectivo”, debemos tomar en cuenta los comentarios de Marx sobre la reproducción de la fuerza de trabajo:
El consumo individual del trabajador... sigue siendo un aspecto de la producción y la reproducción del capital, del mismo modo que lo es también la limpieza de la maquinaria (K. Marx, Capital, Vol. 1, Penguin, 1982, pp. 7717-8).
En este análisis se puede considerar que la clase obrera en su conjunto es el “obrero colectivo”, y aun si se distinguiera entre los que cobran salario y los que no (por ejemplo, las amas de casa y los desempleados) se puede ver a ambos grupos como “productivos”, pues contribuyen al proceso de producción en su conjunto.
La confusión que rodea este tema parece haberse originado en el uso del término “productivo” en un sentido específicamente capitalista dándole el significado de generador directo de plusvalía y, usado de este modo, los “improductivos” (incluidas las amas de casa) son, por implicación, inútiles (términos económicos) y por tanto carentes de importancia.
Algunas feministas “socialistas” se han concentrado en potenciar la categoría de ama de casa con una campaña por “salario para el trabajo doméstico”. Quizá sea cierto que no ganar nada por ser ama de casa aumenta el sentido de impotencia, no es verdad que el pago de un salario resuelva la situación. Como Ellen Malos observa acertadamente:
Que las mujeres reciban un salario no necesariamente les dará poder para ponerle fin al gobierno del capital o a la subordinación de las mujeres a los hombres, como tampoco el salario que cobran los obreros termina con su subordinación al capital (The Politics of Housework [La política del trabajo doméstico], Allison and Busby, 1982, p. 119).
Las amas de casa desde luego contribuyen a la producción de plusvalía pero en ningún caso pueden verse como parte de la clase obrera en virtud de que no son propietarias de los medios de producción. Que hay una persistente división sexual del trabajo, tal que a las mujeres se les ve como las responsables últimas del trabajo hogareño y cuidado de los niños es innegable; pero este es un problema diferente del de la posición de clase de los trabajadores domésticos. El argumento feminista según el cual esta división del trabajo persiste porque es en interés de los hombres (incluidos los obreros) pasa por alto el grado en que tal trabajo es en realidad en interés del capital. Es importante reconocer que el trabajo doméstico y el cuidado de los hijos no son en sí serviles ni carentes de interés (ciertamente no más que muchos trabajos pagados), sino que a menudo es el contexto en que se llevan a cabo lo que les imprime tal apariencia.
Cualquier estrategia destinada a la abolición de la división sexual del trabajo debe hacer hincapié en que no es un “problema de las mujeres”, distinto de los intereses de la clase obrera en su conjunto, sino que es un cambio que tiene el potencial de beneficiar tanto a las mujeres como a los hombres. No concebirla así sólo fortalece la idea de que cualquier cosa que se haga con la casa, la familia o los hijos es por definición dominio de las mujeres.
Claro está que las mujeres constituyen un ejército de reserva del trabajo que será utilizado cómo y cuándo el capital lo necesite. Pero porque la división sexual del trabajo no es total, porque no son únicamente las mujeres las que constituyen el ejército de reserva sino cualquier desempleado miembro de la clase obrera, pierde validez la idea de que hace falta desarrollar una teoría nueva para explicar este aspecto específico de la opresión de las mujeres trabajadoras.
El feminismo “socialista” abarca, por tanto, una gran variedad de ideas contradictorias, pero es posible resumirlas identificando varios elementos clave de tal movimiento:
i) En la sociedad capitalista, la familia refleja el conflicto de clases de esa sociedad como un todo. Sin embargo, los hombres no son identificados como “el enemigo” como en el caso del feminismo radical, ya que la opresión de las mujeres es vista como parte de un sistema de explotación en que los hombres de la clase laboral también son oprimidos (explotados). En consecuencia, no basta con limitarse a demandar la igualdad como hacen las feministas liberales, pues lo único que resultaría sería la igualdad del derecho a ser explotadas.
ii) Las feministas “socialistas se han resistido a la idea de incorporar las demandas de las mujeres tan sólo como un aspecto de un movimiento político más amplio. Lejos de ello, han tendido a organizarse por separado, arguyendo que las organizaciones “socialistas” incorporan ideas y prácticas sexistas. Sienten que es necesario un movimiento separado porque consideran que la explotación de las mujeres es más profunda y amplia que la de los hombres.
iii) Aunque las feministas “socialistas” aceptan que la causa de raíz de toda opresión es económica, afirman que la relación de las mujeres con los medios de producción es diferente de la de los hombres en que sus trabajos asalariados tienden a ser de categoría inferior y mal pagados; y como tales se consideran secundarios a sus responsabilidades domésticas, lo que las hace más vulnerables a ser contratadas o despedidas al tenor de los dictados de la economía capitalista. Hay pocas mujeres sindicalizadas y por eso están mal equipadas para proteger sus condiciones laborales, y los sindicatos masculinos ven a las mujeres con suspicacia e incluso con hostilidad.
iv) El trabajo en el hogar ha sido un elemento significante dentro del análisis feminista “socialista”: es aislado, privatizado, de categoría baja y ajeno a la economía de mercado. Sin embargo, las feministas “socialistas” discrepan respecto de si su importancia principal es su papel en apoyar ideológicamente al capitalismo o si su rasgo esencial está en su papel en la reproducción de la fuerza de trabajo.
v) Las feministas “socialistas” argumentan que el análisis de la explotación económica en el trabajo y en la familia no basta para explicar todos los aspectos de la subordinación de las mujeres. Como suplemento a este análisis, han recurrido a teorías sociológicas y psicológicas en un intento por demostrar cómo y por qué las mujeres terminan “atadas” a su posición de sometimiento de modo tal que termina por parecer natural. Dada la dificultad y la complejidad de análisis que han tratado de explicar los orígenes de la opresión de las mujeres en términos ideológicos, la mujeres las mujeres han explorado profundamente en sus propias experiencias tratando de entender los caracteres comunes de su sometimiento, e incrementando a la vez la sensación de que su opresión es de algún modo cualitativamente diferente de la experimentada por los hombres.
Hay algunos aspectos del análisis del “feminismo socialista” que no podemos discutir. Sin embargo, no estaríamos de acuerdo en cuanto a la idea de que las mujeres necesitan organizarse por separado de los hombres para alcanzar una sociedad socialista no sexista. La idea de que muchas organizaciones que se dicen “socialistas” no han tratado a las mujeres como sus iguales puede ser cierta, pero esto demuestra únicamente el grado en que tales partidos no pueden ser en verdad socialistas. Los socialistas argumentarían además que no sólo no es una buena estrategia para los hombres y las mujeres organizarse por separado para llegar al socialismo, pero sino que es imposible hacerlo así, porque el socialismo sólo puede construirse cuando así lo quiere la mayoría de la gente—hombres y mujeres—y todos están dispuestos a trabajar conjuntamente para erigirlo.
Capítulo 3
Las mujeres y Rusia
La experiencia de las mujeres en Rusia y en Europa Oriental es de gran importancia para los socialistas, pues demuestra cómo las buenas intenciones de erradicar males sociales, en este caso el sexismo, pueden ser socavadas por la necesidad económica inherente al capitalismo. La revolución de 1917 fracasó en su intento por ponerle fin al sistema de producción impulsado por la ganancia y reemplazarlo con un sistema de socialista de producción proyectado para satisfacer las necesidades humanas. En Rusia, el control de los medios de producción y distribución fue tomado por el Estado que, como era inevitable, continuó produciendo bienes y servicios para venderlos en el mercado. Así, el impulso inherente sigue siendo la búsqueda de ganancia y esto afecta tanto la economía como el sistema social en general. Si consideramos las formas en que ha cambiado el papel de las mujeres en Rusia, se evidencia la necesidad económica detrás de estos cambios.
Cambio de papeles
Aun antes de la revolución bolchevique de 1917, hubo un grupo de gente dentro del Comité Central del Partido Bolchevique que estaba comprometido con la idea de la igualdad sexual dentro de la sociedad “socialista” por la que estaban luchando. Al frente del grupo estaba Alejandra Kolontai, quien fue elegida para formar parte del Comité Central del Partido en 1915 y quien organizó una gestoría de mujeres dentro del partido. En el Octavo Congreso del Partido realizado en 1919, dicho partido prometió reemplazar la familia individual por instalaciones comunales para la comida, el lavado y el cuidado de los hijos con objeto de liberar a la mujer de las labores domésticas. En el mismo año, se estableció una sección femenina del Comité Central (“Zhenodtel”), aunque fue vista con indiferencia y aun con hostilidad por muchos hombres del Comité central.
Luego en 1921 el Partido se comprometió con la Nueva Política Económica (NPE) que llevó a entrar en conflicto con cierto compromisos de política social del propio partido. Como resultado de la terminación del reclutamiento para el trabajo y de la restauración parcial de la empresa privada, se impulsó a las mujeres para que volvieran a sus hogares. Al mismo tiempo el gobierno redujo su gasto en la provisión de cuidado de niños que se creía que ya no era viable económicamente. Entonces el compromiso para con la igualdad sexual se vio que tenía un ***anillo hueco***: el trabajo de las mujeres ya no era necesario y por tanto ellas fueron obligadas a salir del mercado laboral y fueron cerradas las instalaciones que les permitían dedicarse a trabajar fuera de sus hogares.
El siguiente paso se dio en 1925 cuando se redactó un nuevo “código familiar” que cambió la legislación relativa al matrimonio para asegurar que aun cuando los matrimonios no estuvieran registrados, de todos modos el hombre sería responsable legalmente de mantener a la mujer y a sus hijos. Así, se incrementaron las responsabilidades del individuo hacia la familia tradicional, debilitando la noción de responsabilidad colectiva: se pospuso indefinidamente la desaparición de la familia (al igual que la del Estado) porque, debido a razones económicas, el capital necesitaba que la familia individual siguiera satisfaciendo la función de reproducir la fuerza de trabajo.
Finalmente, en 1929 se hizo desaparecer la Sección Femenil del Comité Central, con base en que su trabajo había terminado. En realidad se había vuelto redundante, ya que el concepto entero de igualdad sexual se había abandonado desde hacía mucho tiempo. Todas las subsiguientes alteraciones al nivel de provisión de cuidado infantil o de ayuda las madres se volvieron redundantes por razones económicas principalmente, a pesar de la retórica oficial sobre la igualdad sexual.
Hoy en día, las mujeres forman el 51 por ciento de la fuerza de trabajo de Rusia y el 87 por ciento de los hombres están activos ocupacionalmente (aunque esta cifra cayó al 12 por ciento en algunas repúblicas de Asia Central, en donde predomina la religión musulmana), pero persisten enormes desigualdades entre los sexos en áreas similares a las del capitalismo occidental. Las mujeres están concentradas ante todo en las profesiones de “prestación de cuidado” y de servicios (por ejemplo, la atención a la salud y la educación), en los textiles y en el trabajo agrícola no calificado. Son éstas ocupaciones mal retribuidas y en promedio el pago a las mujeres es de sólo el 69-70 por ciento del de los hombres—generalmente se da el caso de que la mujer busque “trabajos” no carreras, porque los primeros se pueden conciliar fácilmente con sus responsabilidades domésticas. Además persiste la creencia de que el trabajo doméstico y el cuidado de los hijos es función primordialmente femenina, y de ahí que el ingreso de las mujeres al empleo pagado en lugar de liberarlas de los penosos quehaceres domésticos y facilitarles su liberación e independencia, sólo ha servido para agigantar su carga de trabajo.
La función reproductiva
El papel reproductivo de las mujeres es de interés capital para los planificadores rusos y constantemente se hacen intentos por manipular la tasa de nacimientos por medio de medidas económicas, legales y administrativas. En muchos países del bloque oriental tienen derecho a prolongadas licencias pagadas por maternidad (en Polonia puede ser hasta de tres años), beneficios para los niños y pagos por maternidad. Sin embargo, lo que motiva estas medidas no es el compromiso con la igualdad sexual o el deseo de reducir la sensación de opresión de las mujeres. Lejos de eso, está el deseo de alentar a las mujeres para que tengan más hijos. Así, por ejemplo, por regla general no están disponibles los medios anticonceptivos e incluso llegan a estar prohibidos, lo que significa que a las mujeres y a los hombres no se les permite de ninguna manera decidir si quieren o no quieren tener hijos. En Rusia el aborto es la forma más común de anticoncepción: las mujeres pueden llegar a pasar por ocho abortos en el lapso de su vida fértil. Es difícil evitar la conclusión de que se permite que esta situación persista porque el aborto es considerado más susceptible de manipulación por parte que quienes están al mando, que los métodos anticonceptivos administrados autónomamente. El recurso al aborto como medio de controlar la tasa de natalidad está bien ilustrado con referencia a los cambios en la legislación relativa a dicho recurso en Rumanía. En 1965 estaba disponible el aborto a solicitud con prácticamente ninguna condición anexa. Como resultado la tasa de natalidad era muy baja, con 4,000 abortos por cada mil partos. En consecuencia, en 1967, al cundir la alarma por tan rápida caída de la tasa de natalidad y sus repercusiones sobre la fuerza de trabajo, se cambió la ley de aborto para casi impedirlo salvo en circunstancias excepcionales.
Del mismo modo, las leyes de divorcio y la edad a la que se permite a la gente casarse están sometidas a la misma clase de manipulación oficial. La ley es reforzada en tales casos por intensa y torpe propaganda que pretende fomentar la familia, y en particular la idea oficial de la familia con tres hijos.
El costo que para la salud femenina tiene este doble papel de maternidad y esclavitud del salario es considerable. La expectativa de vida de las mujeres es baja; las guarderías tienden a estar sobreocupadas y son antihigiénicas, y por eso las mujeres se muestran renuentes a dejar a sus hijos en ellas. Son forzadas a tomar la difícil decisión de o salir a trabajar o quedarse en casa. Si salen a trabajar arriesgan la salud y el bienestar de sus hijos en las guarderías del Estado. Si permanecen en casa con sus hijos después del período abarcado por la licencia de maternidad pagada, tienen que padecer las consecuencias de un bajo nivel de vida.
La persistencia de la desigualdad sexual
Consecuentemente, a pesar de las declaraciones formales de igualdad social y algunos avances en esa dirección, es fácil ver que las mujeres de los países de capitalismo de estado de la Europa Oriental sufren la misma clase de desigualdades que las mujeres de los países capitalistas occidentales. En todo caso, las desigualdades son exacerbadas por el hecho de que las mujeres rusas están bajo considerable presión por dedicarse al trabajo asalariado de tiempo completo (y casi no hay trabajos de tiempo parcial) y a producir hijos. Si hubo un compromiso genuino para con la igualdad de las mujeres, éste fue abandonado cuando el costo de los recursos necesarios para ello empezó a ser una realidad cuyo costo se percibió demasiado elevado. Se sostuvo que el “asunto de las mujeres” había sido más o menos resuelto en Rusia antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. De acuerdo con la ideología del Partido, se había abolido la propiedad privada, a las mujeres se les había dado estado jurídico igual al de los hombres, y estaban en camino de alcanzar la plena independencia económica participando en el empleo pagado fura de casa; sus hijos eran cuidados por el Estado y los quehaceres domésticos terminarían por ser realizados colectivamente en cuanto los recursos lo permitieran.
De hecho, la realización del derecho legal de las mujeres a trabajar en condiciones de igualdad con respecto a los hombres coincidió con una agua escasez de trabajadores a resultas de los planes de rápida expansión industrial y el agotamiento de la fuerza de trabajo masculina por causa de la guerra. En los planes económicos se había prometido, pero no se había previsto cómo, servicios de apoyo a una tasa conmensurable con el incremento del empleo de las mujeres.
Sin embargo, no hubo cambio alguno en la actitud de que el trabajo doméstico era en esencia del dominio femenino, y como resultado de la imprevisión del Estado, las mujeres sufrieron cada vez más agotamiento debido a la doble carga que tuvieron que llevar, la del trabajo asalariado y el de casa. Su situación empeoró de nuevo en los años sesenta como consecuencia de un mayor descenso de la tasa de natalidad, de lo cual resultó la reafirmación del papel de las mujeres como madres y se desencadenó una nueva ola de propaganda para fomentar ese papel.
Las lecciones
Muchas mujeres señalan que en los países “socialistas” o, mejor dicho, los países con capitalismo de estado las mujeres no han alcanzado la liberación real y que, por tanto, el socialismo no tiene nada que ofrecer a las mujeres. Desde luego, tienen razón en que el sistema social y económico que existe en el Imperio Ruso no tiene nada que recomendar al respecto ni a los hombres ni a las mujeres. Los obreros de esos países son explotados del mismo modo que en los países de Europa Occidental o Estados Unidos: son forzados a vender su fuerza de trabajo a cambio de un sueldo o salario. De hecho su situación es de muchos modos peor porque, carentes de las libertades democráticas limitadas del Oeste, no pueden organizarse eficazmente para proteger o mejorar sus niveles de vida ni sus condiciones de trabajo. Las mujeres en los llamados países “socialistas”, como las mujeres en los demás países capitalistas, no son capaces de verdaderamente tomar decisiones sobre cómo vivir; son forzadas a desempeñar papeles económicos que el estado les impone.
Pero nada de esto es consecuencia de fallas del socialismo. Los llamados países “socialistas” en realidad no pueden ser considerados socialistas, a pesar de sus afirmaciones que sí lo son y a pesar del hecho de que sus sistemas económicos difieren en algunos aspectos de los occidentales. Tales diferencias, como un mayor grado de propiedad del Estado y una planeación centralizada, no ocultan el hecho de que de raíz el sistema económico de los países llamados “socialistas” sigue siendo un sistema en que la producción es para el lucro y el privilegio de los pocos, y no para satisfacer las necesidades de los muchos. Esto se pone de manifiesto cuando se considera, por ejemplo, la cantidad de recursos que son gastados en la producción de armamento mientras siguen insatisfechas las necesidades básicas de vivienda y alimento de la población. Además, en una sociedad socialista no debieran existir ni el dinero ni las clases. Y no es este el caso en la Europa Oriental. Esto es obvio con especto al dinero, pero que hay una clase gobernante no es algo que salte a la vista. Aunque la élite gobernante rusa no posee legalmente los medios de producción y distribución, sí los controla y esto les da enormes beneficios y privilegios que no están al alcance de la mayoría de los trabajadores. Por ejemplo, reciben “salarios” mucho más elevados, tienen acceso a toda una variedad de bienes y servicios, muchos de ellos accesibles sólo en tiendas de acceso restringido y se les permite viajar al extranjero. Además, aunque legalmente no pueden legar su riqueza a sus hijos, pueden equiparlos con educación superior y las “conexiones” correctas que mejorarán sustancialmente sus oportunidades de ser admitidos en la “nomenclatura” de la cual sale la clase privilegiada.
Tan sólo porque el sistema ruso no se asemeja en todos sus detalles a la forma de capitalismo occidental no basta para aceptar las afirmaciones de los rusos (o los políticos occidentales) de que su sistema es socialista. En todos los aspectos importantes el Imperio Ruso funciona según las leyes del capitalismo y por tanto no es para sorprender que las mujeres no estén más cerca de la emancipación de lo que están las del oeste. Rechazar sobre esta base el socialismo es, pues, cometer el grave error de creer que el socialismo ha sido puesto a prueba y resultado deficiente. Esto no es cierto.
Capítulo 4
Las mujeres y el socialismo
Las teorías que relacionan la opresión y la desigualdad de la mujer se han desarrollado en su mayor parte dentro de la tradición liberal de la filosofía política. Las demandas se han formulado por lo general con base en argumentos morales que se vinculan con la justicia y los derechos naturales, desentendiéndose de las condiciones económicas que vuelven insignificantes esas demandas de justicia en el contexto del capitalismo. Las feministas “socialistas”, aunque reconociendo la importancia de la lucha de clases, han mostrado que teóricamente se hallan confundidas por su fracaso en combinar realmente la teoría socialista con la feminista.
Hemos visto la manera como ha cambiado el papel de las mujeres en la sociedad con el paso del tiempo y también la enorme diversidad de comportamientos, atributos y actitudes diferentes que han sido asignados tanto a los hombres como a las mujeres en culturas diferentes. Así, pues, lo que es “natural” es que en una cultura dada en un momento en particular se diga que tal o cual arreglo es natural para justificar cierto conjunto de ordenamientos sociales. Ese conjunto de ordenamientos sociales está determinado en gran medida por las condiciones materiales prevalecientes: el nivel de la técnica, la escasez o abundancia de alimento, trabajos, etc., la forma en que se producen los bienes y la forma jurídica de la propiedad.
Es innegable que el papel de las mujeres en la sociedad ha cambiado con el tiempo, pero igualmente innegable es el hecho de que de tales cambios no ha resultado la igualdad real para ellas, lo cual hace destacar nítidamente los límites de lo que puede alcanzarse mientras siga existiendo el capitalismo. No son sólo las condiciones económicas y la naturaleza de la sociedad de clases un terreno inhóspito para la igualdad, sino que también crean un conjunto de actitudes que son apropiadas para las condiciones sociales y económicas particulares que prevalecen. Es posible entonces que las actitudes sexistas persistan a pesar de los esfuerzos de las feministas y otros por cambiarlas porque esas actitudes se acomodan perfectamente al patrón de la sociedad creada por el modo de producción capitalista.
Hay tres componentes esenciales en la noción de liberación de las mujeres:
1. Un redivisión del trabajo doméstico y el cuidado de los hijos de modo que estas tareas ya no se sigan viendo como terreno natural de las mujeres, sino que en lugar de ello sean realizadas voluntariamente por personas de cualquier sexo.
2. Ponerle fin a la dependencia de las mujeres respecto de los hombres.
3. Un cambio fundamental de las ideas relativas al género, la sexualidad y la familia.
Es fácil ver que las probabilidades de que se efectúe esta clase de cambios en la sociedad capitalista son ínfimas. Es difícil (aunque no del todo imposible) imaginar la clase de revolución de gran trascendencia en las relaciones sociales y sexuales que entrañan las condiciones descritas sin una correspondiente revolución económica si por no otra razón que requerirían una vasta reasignación de recursos y revaluación de necesidades. En realidad, aun las limitadas ganancias logradas por las mujeres en los últimos quince años están ahora bajo una amenaza que desenmascara la falta de genuino compromiso político con la idea de igualdad sexual.
No puede subestimarse el grado en que las teorías feministas han aclarado las formas en que la categoría de sometimiento de las mujeres es reforzada y mantenida por las formas sociales y culturales. Pero utilizar estas claves como base de argumentos para las organizaciones políticas de todas las mujeres descansa en una premisa falsa y tiene resultados políticamente desastrosos. La premisa es que de algún modo la opresión de las mujeres en el capitalismo es fundamentalmente diferente de la experimentada por los hombres de la clase laborante. Aunque es indudable que las mujeres experimentan ciertas formas de opresión cultural y social y discriminación por el mero hecho de ser mujeres, la base económica de las relaciones sociales de explotación no es específica de género. Al argumentar que la experiencia de las mujeres dentro del capitalismo es decisivamente diferente de la de los hombres se corre el riesgo de estereotipar el sexo. Esto significaría que el papel de las mujeres como esposas y madres las define más completamente que sus papeles como trabajadoras. Para que el socialismo se desenvuelva con éxito, debemos tratar de buscar la manera de poner de relieve las similitudes esenciales de las experiencias de los miembros de la clase trabajadora, antes que las diferencias entre ellos.
La lección que nos dejan las experiencias de las mujeres de Rusia y sus satélites no es la de que el socialismo nada tiene que ofrecer a las mujeres, sino que el particular sistema social y económico de esos países no mejora gran cosa la situación de las mujeres. El mero reemplazo de la propiedad privada por la propiedad estatal no es socialismo y no puede resultar de ella la emancipación de las mujeres. El socialismo es un sistema de sociedad basado en la propiedad común y el control democrático de los medios y los instrumentos para producir y distribuir la riqueza por toda la comunidad y en interés de esta misma. Está completamente claro que Rusia no tiene socialismo.
El socialismo será una sociedad tajantemente diferente del capitalismo. Mientras que en el socialismo se producen mercancías para extraer ganancia de ellas al venderlas en el mercado, lo cual significa que mucha gente se queda sin las cosas que necesita porque no puede comprarlas, en el socialismo se producen los bienes para que la gente los utilice, sin necesidad de comprar ni vender. Y porque no hay ni compra ni venta, tampoco habrá necesidad de dinero; en lugar de eso, la gente tomará libremente lo que necesite de la tienda común.
El trabajo dejará de implicar la explotación de que es objeto en el capitalismo, donde la mayoría de nosotros—la clase trabajadora—vende su fuerza de trabajo a un patrón, que es propietario de las máquinas, las fábricas, las herramientas, la tierra, etc., a cambio de un salario. En el socialismo, porque los bienes ya no se producen por el afán de lucro, la sociedad ya no estará dividida en clases cuyos intereses nunca pueden ser conciliados. El trabajo adoptará la forma de esfuerzo cooperativo, que será realizado libremente por personas conscientes de que toda la sociedad se está beneficiando y, como consecuencia, ellas también se estarán beneficiando.
En el capitalismo, por la necesidad de que la clase dominante proteja sus intereses en contra de los intereses opuestos de los trabajadores, la mayoría tiene muy poco que decir en el proceso de toma de decisiones del gobierno central, a nivel local, o en el puesto de trabajo. En el socialismo, sin embargo, cada individuo podrá participar íntegramente en la toma de decisiones que afecten su vida. La democracia en el socialismo no será la simulación que es en el capitalismo, sino un proceso pleno de significado para toda la sociedad de acuerdo con sus habilidades, conocimientos o experiencias particulares. Y en tales condiciones los hombres y las mujeres serán reconocidos en plano de igualdad.
En el capitalismo el mundo se divide en estados-nación, reflejo de los intereses territoriales de la clase capitalista. Esta es la causa del patriotismo (patrioterismo), el nacionalismo y las guerras sin sentido, en que la clase obrera es enviada a matar entre sus propios miembros o a otros trabajadores para salvaguardar los intereses de sus amos. El socialismo será un sistema mundial sin distinciones arbitrarias y divisionistas entre una zona del mundo y otra.
El socialismo incluirá la liberación de las mujeres como parte de su proyecto de emancipación de la humanidad. Esto no ocurrirá de modo automático o inevitable. Una organización política cuyo objetivo es el socialismo no puede permitir el sexismo dentro de sus filas, fundándose en que nada puede hacerse ahora y que el problema se resolverá “después de la revolución”. Para que una organización tenga credibilidad, debe incorporar las actitudes, valores y prácticas que trata de instituir en la sociedad en su conjunto. Los socialistas creen que toda la gente, hombres y mujeres, son dignos de respeto—y el Partido Socialista de la Gran Bretaña incluye en su Declaración de principios, y lo ha hecho desde 1904, la siguiente cláusula:
como en el orden de la evolución social la clase trabajadora es la última clase en alcanzar su liberación, la emancipación de la clase trabajadora implicará la emancipación de toda la humanidad, sin distinción de raza ni de sexo.