Tuesday, March 3, 2009

EL MITO SOBRE LOS IMPUESTOS

El mito del pago de impuestos

Cuando los partidos políticos capitalistas están en desacuerdo, el tema de la tributación se les aparece como algo de lo más intrincado. ¿Debe reducirse o aumentarse el impuesto sobre la renta? ¿Qué debe hacerse sobre la tributación que impone el gobierno local? ¿Por qué causa tanto alboroto la tributación? ¿De verdad es tan importante?
¿Por qué se pagan impuestos?

Para empezar vale la pena indagar por qué se pagan impuestos. El gobierno recauda impuestos con el fin de tener ingresos para el estado. La porción mayor de los ingresos del estado provienen de la tributación o de empréstitos, y como el aparato estatal ha crecido enormemente a lo largo de la historia del capitalismo, así también se ha multiplicado la carga impositiva. El estado se originó en la división de la sociedad en clases. Véase (La sociedad de dos clases) para entender nuestra definición de “clase capitalista” y “clase obrera”. Al estado lo controla la clase capitalista y sus representantes políticos que necesitan cobrar impuestos para pagar la policía, las fuerzas armadas, el servicio civil, el sistema “educativo”, etc. Las diversas funciones de la maquinaria del estado son necesarias para que la clase capitalista mantenga su posición privilegiada en la sociedad y, naturalmente, alguien tiene que pagar por el desempeño de esas funciones.
Quién paga realmente los impuestos

Como es obvio, los capitalistas presentan del estado una imagen de entidad “neutral” que se halla por encima de la sociedad, ante la que todos son iguales y para la cual todos contribuyen; los ingresos del estado son “el bolsillo público”, que todos tenemos que llenar mediante la tributación. Nuestro argumento es que aunque algunos impuestos son pagados por la clase obrera, la mayor parte de la carga impositiva recae sobre los capitalistas y tiene que ser pagada de las utilidades acumuladas en la forma de renta, interés y las ganancias, cuya base es el trabajo no pagado a la clase trabajadora (¿De dónde salen las utilidades?).

Los salarios son el precio de la fuerza de trabajo—esto es, el precio recibido por los trabajadores que venden sus energías mentales y físicas a un patrón. La fuerza de trabajo es una mercancía como tantas otras en la sociedad capitalista y su precio lo rige el tipo de factores que gobiernan los precios de otras mercancías—principalmente la cantidad necesaria para producir y reproducir dicha fuerza de trabajo. Para reproducir la fuerza de trabajo, ésta necesita ropa, vivienda, alimentación, entretenimiento, etc. En promedio, los salarios bastan para mantenernos aptos para desempeñar el tipo de trabajo para el que estamos adiestrados y en el que estamos ocupados y en torno a este nivel las fuerzas del mercado, ayudadas por la acción de los sindicatos, tienden a establecer las tasas de salarios.

Naturalmente, el precio real de la fuerza de trabajo es lo que en realidad se recibe y no es una suma hipotética, gran parte de la cual nunca es recibida por el trabajador y por tanto no la puede gastar. En años recientes, muchos políticos han alegado que si se redujera el impuesto sobre la renta, “todos estaríamos mejor”. Sin embargo, esto es incorrecto y puede demostrarse con un simple ejemplo. Digamos que el salario nominal de un obrero es de 200 a la semana, 50 de los cuales paga como impuesto sobre sus ingresos. Si la tasa de este impuesto se redujera a la mitad y la cantidad pagada de impuesto se redujera de 50 a 25, entonces es de suponerse que los Conservadores pretenderían que esto constituiría un aumento automático al salario que el obrero lleva a casa, de 150 a 175, y en consecuencia el obrero o la obrera estarían mejor. Pero esto no es lo que sucede en realidad. El salario del trabajador, recordémoslo, es el precio de su fuerza de trabajo, que, en igualdad de las demás condiciones, tenderá a gravitar en este caso en torno de la cifra de 150, que es la suma real que recibe en total. El “beneficio” de la rebaja del impuesto es para el patrón. Si la situación fuera la inversa, el salario “nominal” tendría que elevarse entonces de 200 a 250 para que la cantidad llevada a casa permaneciera en torno de los 150. El incremento en este caso sería sostenido enteramente por el patrón y saldría del valor de la plusvalía.

Claro está que esto no ocurrirá automáticamente como resultado de una tendencia económica de que la clase trabajadora reciba el valor de su fuerza de trabajo. Cuando hay reducciones de impuestos el resultado será un factor clave en el endurecimiento de la actitud de los patrones. Con los incrementos de impuestos, aumenta la presión de los trabajadores por percibir salarios mayores, especialmente cuando el desempleo es bajo. Es de observarse que esta tendencia a que los obreros reciban el verdadero valor de su fuerza de trabajo es apoyada por la acción sindical.

La idea de la forma en que los incrementos de impuestos conducen al aumento de los salarios nominales que reducen las utilidades se entendió mucho mejor en el pasado que ahora. Aquí, por ejemplo, está lo que escribió el miembro del parlamento británico David Ricardo en 1817:

Los impuestos sobre los salarios elevan estos mismos, y por tanto hacen disminuir la tasa de ganancias de las mercancías... un impuesto a los salarios es enteramente un impuesto a las utilidades; un impuesto a lo más necesario es en parte un impuesto sobre las utilidades y en parte también un impuesto a los consumidores ricos. Los efectos últimos que resultan de tales impuestos son entonces precisamente los mismos que los que resultan de un impuesto directo a las utilidades. (Los principios de la economía política y la tributación, p. ?)

La concepción de que los impuestos son una carga sobre los capitalistas y no sobre los trabajadores fue expuesta por Marx:

Si todos los impuestos que recaen sobre la clase trabajadora fueran abolidos de raíz, la consecuencia necesaria sería la reducción de los salarios en el monto total de los impuestos que pesan sobre ellos. O las utilidades de los patrones aumentarían como consecuencia directa en la misma cantidad, o bien no sería más que una alteración en la forma de recaudar los impuestos. Nuestro argumento es que aunque algunos impuestos son pagados por la clase obrera, la carga mayoritaria de la tributación pesa sobre los capitalistas y la tienen que pagar de las utilidades que acumulan en forma de renta, interés y beneficio, la base de lo cual es el trabajo no pagado [Crítica y moralidad crítica, Obras selectas de Marx y Engels—Vol. 6.]

Otros dos mitos

Otro argumento que se ha aducido para demostrar por qué a los obreros debe interesarles la tributación se refiere a los impuestos indirectos, como el Impuesto sobre el Valor Agregado (IVA) y los impuestos al consumo. Incrementar los impuestos directos, se alega, significaría precios más elevados y por tanto salarios reales y niveles de vida inferiores. Sin embargo, lo que en este argumento se pasa por alto es que los capitalistas tenderán a buscar el mejor precio posible para sus productos en las condiciones del mercado prevalecientes. A veces el incremento del IVA puede causar al principio que algunos precios suban conforme los capitalistas tratan de transferir la carga del incremento, pero los capitalistas bien pueden encontrar que tienen que reducir de nuevo los precios cuando las ventas descienden, a medida que se imponen las fuerzas del mercado. Lo usual es que el IVA no sea cargado como impuesto distinto del precio—lo común es que los precios lleven la leyenda “IVA incluido”, lo que tiende a confirmar que los vendedores venden al precio más alto que soporte el mercado.

La otra forma principal de impuestos indirectos, los impuestos al consumo, con frecuencia son recaudados en las industrias cuyas ganancias son anormalmente altas debido a la existencia de monopolios o carteles. Debiera recordase que no es cierto, absolutamente, que algunos aumentos de precios que sí ocurren (sea por incremento de los impuestos o el proceso continuo de inflación) rebajarán los niveles de vida de la clase obrera. En la Gran Bretaña, por ejemplo, la mayor parte de los años transcurridos de la Segunda Guerra Mundial los salarios se han elevado más que los precios.
Un vistazo a la historia

Que la tributación es un problema para la clase obrera es un engaño. Se cree con toda seriedad que la clase obrera de la Gran Bretaña, por ejemplo, estaba en mejor situación antes ***the Second sum received all along.*** El “beneficio” de la rebaja de impuestos va a dar al patrón. Si la situación fuese la inversa y la tasa del impuesto a los ingresos se duplicara, el salario “nominal” se tendría que elevar entonces de 200 a 250 para que el salario permaneciera aproximadamente en 150. El incremento en este caso sería sostenido íntegramente por el patrón y saldría de la plusvalía.

Desde luego esto no ocurrirá automáticamente, sino como resultado de una tendencia económica a que la clase laboral recibiera el valor de su fuerza de trabajo. La discusión entre los partidos políticos sobre la tributación se refiere a qué sectores de la clase capitalista adinerada debe llevar la carga del costo de mantener las funciones de la maquinaria estatal.
Lo que dijimos antes

La mayor parte del peso de la tributación no puede recaer sobre la clase obrera, que sólo recibe lo suficiente para producir y reproducir su fuerza de trabajo, y como se dijo en octubre de 1904:

Se pone de manifiesto así que los impuestos deben pagarse de la plusvalía extraída de los trabajadores por los capitalistas; esto explica no sólo el interés de estos últimos en el asunto de la tributación, sin tambi

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