Monday, November 19, 2007

La transformacion socialista de la sociedad

La Transformación Socialista De La Sociedad
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[edit]Un cambio radical
“Para nosotros, de ningún modo se trata de la transformación de la propiedad privada, sino únicamente de su aniquilamiento; de ningún modo se trata de ocultar los antagonismos de clase, sino de suprimir las clases; no de mejorar la sociedad existente, sino de fundar una nueva.”

Karl Marx y Friedrich Engels, Manifiesto de la Liga de los Comunistas (marzo de 1850).
Pobreza, desempleo, falta de viviendas, hambre, guerras… a pesar de la infinidad de gobiernos más variopintos que se han sucedido en el mundo a lo largo del siglo XX, ni uno de los problemas a los que se enfrentaba la humanidad hace más de un siglo ha sido resuelto… sin hablar de los que han aparecido o empeorado desde entonces: mareas negras, desertificación, contaminación, calentamiento climático, vaca loca, etc. La razón de ello es que mientras una minoría controle los recursos productivos del planeta, las riquezas serán producidas para el provecho exclusivo de esa minoría poseedora sin tomar en cuenta los problemas creados.

Para poner término a esta situación, los socialistas se fijan como objetivo, único e inmediato, la transformación radical - revolucionaria - de la base de la sociedad, que consiste en transferir los medios de producción y de distribución de las riquezas sociales de manos de la minoría capitalista al conjunto de la sociedad. El control de la colectividad sobre esos medios permitirá reorganizarlos de forma que puedan ser administrados no ya en el interés egoísta de la minoría parásita sino en el del conjunto de la humanidad.

[edit]Un cambio pacífico
“Y á fines del mismo año [(1891), Federico Engels] escribía: «¡Cuántas veces los burgueses nos han exhortado á renunciar en todas las circunstancias al empleo de medios revolucionarios y á no quebrantar la ley, ya que ahora la ley de excepción está abolida y el derecho común se ha restablecido para todos, incluso para los socialistas! Desgraciadamente, no estamos en situación de procurar este placer á los señores burgueses. Lo que no obsta para que no seamos nosotros quienes hacemos violencia a la ley. Al contrario, elle trabaja tanto para nosotros, que seríamos unos insensatos si la violáramos mientras así nos premara el camino. Es más interesante preguntarse si no serán precisamente los burgueses y su Gobierno quienes violarán la ley y el derecho para aplastarnos por la fuerza.» (Neue Zeit, X, I, pág. 583.)”

Carlos Kautsky, La doctrina socialista (Respuesta a la crítica de Ed. Bernstein), Editorial Librería de Francisco Beltrán, Madrid, 1910, págs. 72-73.
Para un socialista, siempre es difícil recurrir al término revolución por conllevar éste escenas de violencia, masacres, dramas humanos, que provocan entre la mayoría de los trabajadores sentimientos legítimos de temor y rechazo. Bien es verdad que en la época de la monarquía absoluta, frente a una autoridad, el rey, que “detentaba su poder de Dios y sólo tenía que rendir cuentas a Dios”, es decir en ausencia de mecanismos democráticos, cualquier tentativa de transformación social era difícilmente concebible sin violencia. Cuando la Revolución Rusa, el proceso democrático, que puso fin (de manera pacífica) a la autocracia zarista, fue brutalmente interrumpido, unos meses más tarde, por una organización, el partido bolchevique, deseosa de monopolizar el poder. La imposición de un gobierno “comunista” despótico a todas las demás facciones en presencia - incluidos los socialistas - y su defensa contra la intervención extranjera sólo podía desembocar en la violencia.

Los socialistas nos reivindicamos revolucionarios por desear cambiar la organización de la sociedad, pero no preconizamos la insurrección armada o la guerra civil contra el sistema capitalista porque no sólo nos es inconcebible construir “un mundo mejor” sobre un montón de cadáveres, sino que, además, es ineficaz e inútil. El recurso a la violencia es ineficaz por la simple razón que lo que permite al capitalismo perpetuarse, no es el monopolio por los gobiernos capitalistas de la fuerza armada sino el hecho de que la gran mayoría de la población “acepta” el sistema actual o, al menos, se conforma con él, así como lo prueban a cada elección las victorias sistemáticas de los partidos pro-capitalistas, que sean de izquierdas o de derechas. ¿Por qué? Pues porque la mayoría de los trabajadores no concibe ninguna alternativa - bueno, de hecho, ni la entrevén siquiera - a un sistema basado en la propiedad privada, el trabajo asalariado y la producción de mercancías. Son incapaces de imaginar que la sociedad pueda funcionar sin propiedad privada, sin desigualdad social ni privilegios, sin dinero ni bancos, sin fuerzas armadas ni Estados. Para ellos, es simplemente “utópico”. Una insurrección armada llevada a cabo por un grupo minoritario no podría, de ningún modo, triunfar a la vez de las fuerzas armadas y de la apatía - de la falta de conciencia socialista - de la mayoría trabajadora.

Por otra parte, si una mayoría de la población adquiere esa conciencia socialista, es decir si comprende el conflicto de intereses que, en el sistema capitalista, se deriva de la propiedad privada de los medios de existencia de la sociedad y llega a desear el socialismo (como debe ser para que éste pueda funcionar), la violencia se hace innecesaria. En efecto, al depender los gobiernos del consentimiento de la mayoría para poder seguir dirigiendo la sociedad, ¿quienes van a gobernar una vez ese consentimiento les sea retirado? E incluso si la pequeña minoría capitalista quisiera, apoyándose sobre las fuerzas armadas, aferrarse a sus privilegios, ¿no correría al suicidio? ¿Dejaría una mayoría, llena de esperanza en una vida mejor al fin al alcance de la mano y conciente de su superioridad numérica, que un puñado de capitalistas desesperados acabase con sus sueños? En fin, ¿qué ejército, cuyos miembros proceden de la clase trabajadora y, por tanto, son permeables a las ideas que la atraviesan, quedaría suficientemente potente y unido para oponerse a la fuerza inmensa que representa una mayoría revolucionaria conciente de la fuerza de su número?

La revolución, pues, no tiene por qué ser sinónima de peleas callejeras, de barricadas, de baños de sangre y de ejecuciones sumarias. Significa, simplemente, un cambio rápido y radical en la base económica (supresión de la propiedad privada de los medios de existencia) y social (abolición de la división de la sociedad en clases sociales antagónicas) de la sociedad y, por consiguiente, la instauración de la propiedad y de la democracia sociales.

[edit]Un cambio democrático
“En su lucha contra el poder colectivo de las clases poseedoras, el proletariado no puede obrar como clase sino constituyéndose él mismo en partido político distinto, opuesto a todos los antiguos partidos formados por las clases poseedoras.

Esta constitución del proletariado en partido político es indispensable para asegurar el triunfo de la Revolución Social y de su fin supremo: la abolición de las clases.

La coalición de las fuerzas obreras, obtenidas ya por medio de la lucha económica, debe servir también de palanca en manos de esta clase en su lucha contra el Poder político de sus explotadores.

Sirviéndose siempre de sus privilegios políticos los señores de la tierra y del capital para defender y perpetuar sus monopolios económicos y dominar al trabajo, la conquista del Poder político viene a ser el gran deber del proletariado.”

Resolución adoptada en el 5° Congreso de la Asociación Internacional de los Trabajadores, La Haya, 1872. Citado por Miguel Gratacos, Principios socialistas, Talleres Gráficos Argentinos L. J. Rosso, Buenos Aires, 1935, p. 76.
En la actualidad, tal como ya hemos dicho, los medios de producción pertenecen a una pequeña minoría de la población - la clase capitalista - que los administra en su interés exclusivo. Sus derechos de propiedad, que aseguran a sus miembros un derecho de control sobre esos medios, están garantizados por una legislación elaborada y votada por sus representantes políticos en el Parlamento, Cortes, etc. Es esa legislación de clase que es defendida por el Estado y sus “fuerzas del orden”, un orden que refleja en realidad la dominación que ejerce sobre la sociedad esa minoría poseedora. Por esa razón, bajo el pretexto de representar el interés general, el Estado sólo es, de hecho, el instrumento de defensa de los intereses de esa clase social minoritaria.

Para paralizar la acción del Estado, la clase asalariada, organizada en un partido socialista, debe pues apoderarse del poder político afín de tomar la dirección del Estado y de ese modo estar en condiciones de abolir el capitalismo o, en otros términos, establecer la propiedad social. Pues ésta es una condición imprescindible para que se puedan administrar los medios de existencia en el interés de toda la colectividad. La toma del poder político obedece pues a dos necesidades: 1° debilitar el control que ejerce la minoría capitalista, a través de sus representantes políticos, sobre las fuerzas armadas, con el fin de impedirle usar a éstas últimas para intentar resistir por la fuerza al cambio deseado por la mayoría; 2° usar las estructuras administrativas útiles del Estado para coordinar el paso al socialismo.

El uso de las instituciones democráticas actuales obedece a otros motivos:

1. Puesto que el socialismo será una sociedad plenamente democrática, resulta que el socialismo sólo puede ser establecido de forma democrática. Para los socialistas, fin y medios son indisociables.

2. Si, por lo general, los políticos profesionales capitalistas, una vez electos, se olvidan de los programas y promesas electorales, los candidatos socialistas, ellos, serán delegados a los que se le habrá dado mandato y que serán revocables en cualquier momento en caso de que faltaran a su deber y a las instrucciones del partido socialista que representan.

3. La participación en las elecciones, usadas como un barómetro del estado de espíritu del electorado, permite medir, mejor que cualquier otro instrumento, el grado de adhesión de los electores a las fuerzas en presencia.
Por esas razones, para usar en provecho propio las instituciones democráticas, los trabajadores asalariados deben organizarse en un partido socialista, es decir en una organización cuyo único e inmediato objetivo es el establecimiento del socialismo. La mayoría de los trabajadores, una vez convertidos al socialismo, usará ese partido político para adueñarse del poder (no se trata aquí de formar un gobierno). Una vez el Estado y las fuerzas del orden neutralizados, es esta mayoría socialista la que procederá a la toma de control de los medios de producción. Para ese fin, se habrá paralelamente organizado en sus lugares de trabajo, en el marco de los sindicatos o de las otras formas eventuales de organización económica que habrá considerado necesario instaurar, para asegurar la continuidad de la producción y establecer la estructura administrativa de la futura sociedad. Hecho esto, las instituciones represivas y superfluas del Estado serán desmanteladas y, por su lado, las administraciones útiles (Salud, Educación, Vivienda, etc.) y los servicios públicos (transporte, luz, agua, etc.) serán reorganizados según las necesidades determinadas de manera democrática.

El desarrollo de la organización de los asalariados, tanto a nivel político como económico, debe pues ser visto como un proceso simultáneo e interdependiente, consecutivo a la difusión de las ideas socialistas entre los trabajadores y al florecimiento concomitante de su conciencia de clase. La toma de control del Estado y, a continuación, de los medios de producción, es, de esa forma, una acción llevada a cabo por la clase trabajadora misma y por sus delegados en el Parlamento, encargados, en nombre de la primera de la adopción de la legislación adecuada.

[edit]Un cambio consciente
“Este partido [de los trabajadores] posee un elemento de triunfo tiene el número; pero el número no pesa en la balanza si no está unido por la asociación y guiado por el saber. La experiencia del pasado nos enseña cómo el olvido de los lazos fraternales que deben existir entre los trabajadores de los diferentes países, excitándoles a defenderse unos a otros en sus luchas por la emancipación, será castigado con la derrota común de sus empresas aisladas.”

Carlos Marx, Manifiesto Inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores (Conferencia Internacional de Londres, 23 de septiembre de 1865). Citado por Miguel Gratacos, Principios socialistas, Talleres Gráficos Argentinos L. J. Rosso, Buenos Aires, 1935, p. 63.
A pesar del hecho de que los asalariados representan la inmensa mayoría de la población, soportan la dominación de la minoría capitalista. De hecho, en los países democráticos, es el apoyo masivo de los asalariados a los partidos pro-capitalistas, expresado a través del sufragio universal, que le da a esa minoría su legitimidad. Esta última manda porque la mayoría acepta obedecerle. En otros términos, es porque los asalariados aceptan un sistema social - el capitalismo - que, por definición, sólo puede funcionar en interés de los capitalistas, que son responsables de la perpetuación de ese sistema… y de sus problemas.

¿Por qué esta aparente contradicción entre la fuerza de la pequeña minoría poseedora y la debilidad de la aplastante mayoría trabajadora? La razón es que, desde nuestra más tierna infancia, absorbemos de forma permanente y nos impregnamos de las ideas difundidas por las instituciones más diversas: familia (que cae bajo las mismas influencias y las difunde a su vez), escuela (que desarrolla el sentimiento nacionalista a través de la enseñanza de la Historia), Iglesia (cuya prédica, hecha de sumisión, docilidad y resignación, favorece la aceptación del orden social existente) y, sobre todo, medios de comunicación (cuyo monopolio le da a la clase capitalista un inmenso poder de propaganda, adoctrinamiento y persuasión).

Este monopolio de la clase poseedora sobre los medios de (des)información permite a los capitalistas controlar, orientar, censurar, etc. el contenido de la información que se puede (o no) difundir (en la prensa capitalista, por ejemplo, el capitalismo mismo ni siquiera es mencionado; se lo supone tan “natural” como el aire que respiramos), de fijar los límites a los debates públicos y de privilegiar las ideas que legitiman la existencia del sistema actual. De esa forma, en el mejor de los casos, se mantiene a la población en la ignorancia de una alternativa - el socialismo - o, en el peor, se asimila a este último a regímenes dictatoriales.

De modo que, en la vida diaria, la simple mención de una alternativa basada sobre la propiedad social de los medios de producción - y de la consecuente desaparición de las características del capitalismo que van asociadas a la propiedad privada (clase capitalista, dinero, compra-venta, etc.) - a un público que ignora esos conceptos encuentra sobre todo asombro, indiferencia o incomprensión. Los medios de comunicación nos invitan así a “aceptar” el mundo tal como es “si bien, conceden a veces, no es perfecto”. El adoctrinamiento ideológico de que son víctimas los asalariados es pues la razón por la que muchos aguantan una vida hecha de precariedad, inseguridad, incertidumbre, estrés, desempleo, etc.

A pesar de ello, la existencia de los socialistas es la prueba de que unos asalariados pueden escapar a ese adoctrinamiento, que pueden ver la sociedad tal como es y no tal como nuestros dueños - y sus ideólogos - quieren que la veamos. Los esclavos antiguos y los siervos feudales pensaban, no cabe duda - y en contra de lo que nos enseña la Historia -, que el mundo era inmutable y que estaban condenados a padecer el yugo de sus dueños y señores… así como lo piensan los trabajadores asalariados de hoy. Pero, ¿por qué debería el sistema actual ser más “eterno” que los que lo precedieron?

Convertirse al socialismo, pues, no es una tarea imposible. Al contrario, significa simplemente: comprender la verdadera naturaleza de un sistema basado en la apropiación, por parte de una minoría privilegiada, de los medios de existencia de la sociedad, y la organización, lógica e inevitable, de la producción en el interés exclusivo de esa minoría; comprender que nuestros problemas no son catástrofes naturales, como los maremotos o los terremotos, sino problemas sociales creados por una sociedad - el capitalismo - que unos hombres establecieron y que otros pueden derrocar; comprender que ninguna reforma combate la propiedad privada de los medios de producción y que, por lo tanto, la sociedad actual, por estar basada sobre la propiedad privada de los medios de existencia, no puede ser reformada, “humanizada” o administrada en el interés general; comprender que los trabajadores del planeta, a pesar de las diferencias de nacionalidad, de cultura, de actividad o de salario, tienen intereses comunes, que los oponen a los capitalistas; comprender que los asalariados y sus familias representan la inmensa mayoría de la población y que, por lo tanto, una vez unidos y organizados, todos sus sueños están permitidos. En resumen, comprender la realidad para transformarla, ¿es eso tan difícil?

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