Monday, November 19, 2007

La sociedad sana de Fromm

La sociedad sana de Fromm
From WSPUS


Comentario de "La sociedad sana", de Erich Fromm (Rinehart & Company, Nueva York, 1955). Fuente: Western Socialist, Boston, EEUU, julio-agosto de 1956. Traducido del inglés por Roi Ferreiro para el CICA, última revisión julio del 2005


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I

Según Fromm, y a diferencia del freudianismo ortodoxo, "las pasiones básicas" del hombre "no están arraigadas en sus necesidades instintivas, sino en las condiciones específicas de la existencia humana". Éstas son ahora las condiciones del capitalismo. A la luz de los requisitos de la salud mental, tal y como son vistos por Fromm, la sociedad reinante puede considerarse como "demente". Aunque algunas personas están más afectadas que otras, todos se comportan irracionalmente en este mundo irracional. Para cambiar esta situación, Fromm sugiere la transformación del capitalismo en alguna clase de "socialismo", en una "sociedad sana" -la condición previa para la salud mental y la felicidad del individuo-. Él llama a su acercamiento al problema de la salud mental y la sociedad "psicoanálisis humanista", que se presenta en gran medida como una elaboración del concepto de Marx del fetichismo de la mercancía. Éste es aquí generalizado como el fenómeno de la "alienación" y, en la visión de Fromm, es un problema tan viejo como la "idolatría" contra la que los profetas del Viejo Testamento alzaron sus voces.

En el sistema de Marx, la alienación se refiere a las relaciones sociales de clase basadas en el divorcio de los obreros de los medios de producción en una economía de mercado de acumulación de capital. La meta de la producción es el beneficio. Como capital, los productos del trabajo pasado y presente del hombre adquieren un carácter "independiente", determinando tanto el volumen como la dirección de la producción social, depresión y prosperidad, paz y guerra, con lo cual la condición de la existencia humana. Y así, aunque el hombre hace la historia, no es el amo de su destino. Vive bajo la compulsión de circunstancias socio-económicas que circunscriben sus actitudes y acciones. Ni los capitalistas, ni los obreros, ni cualquier otro grupo, determinan su existencia, sino que se dejan determinar por la dinámica de la acumulación de capital; en otras palabras, por las cosas que son de su propia fabricación, como si tuvieran un poder separado por encima de ellos. Aquellos que, sin embargo, poseen o controlan el capital, constituyen una clase dominante privilegiada sólo debido a este triste estado de asuntos. Y en interés de su posición de clase explotadora, ellos intentan perpetuar esta actitud por medio de la fuerza, el fraude y las manipulaciones ideológicas.

La relación fetichista entre los hombres y su producción comprende la conciencia social y domina la conducta general. Siendo la fuerza de trabajo una mercancía como cualquier otra, los hombres son tratados como si fuesen cosas, y son comparados a las cosas; los materiales de la producción incluyen el "material humano". Dado que la explotación está basada en la posesión de cosas, es decir, capital, la supervivencia en la competición capitalista implica la apropiación creciente de capital. Las relaciones sociales no son, de este modo, relaciones entre los hombres sino relaciones entre cosas, relaciones entre mercancías, a la vez escondiendo y posibilitando la explotación de los hombres por los hombres.
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II

La "revisión” que Fromm hace de Freud con la ayuda de Marx retiene la terminología de la psicología freudiana, que pretende ocuparse del hombre biológico y su frustración en la sociedad per se. Aunque el concepto de fetichismo mercantil es aplicado a la cultura como un todo, el énfasis descansa en sus aspectos ideológico y psicológico. Esto le permite a Fromm hablar de la sociedad como “nosotros". Sin embargo, aunque la ideología y la caracteriología dominantes son aquellas de las clases dominantes y sus asistentes, la responsabilidad del barbarismo capitalista no puede ser distribuída así de extensivamente. Después de todo, hay mandantes y mandados, manipuladores y manipulados, lo que prohibe el "nosotros" cuando hablamos de la sociedad. Precisamente por ser una crítica severa de la “sociedad”, del “nosotros", el libro de Fromm resulta una crítica bastante coja del capitalismo.

Aunque es un mal hábito, esto no es un error demasiado trascendente pues, a pesar de todo el "nosotros" en la literatura, la gente se refiere generalmente a la "sociedad" como "ellos", para oponer intereses y diferentes modo de existencia, los cuales dan a la sociedad su carácter de clase. Pero, con la sociedad de Fromm como el "nosotros", viene el individuo como "hombre"; no como capitalista, obrero, o algún otro, sino como "hombre", cuya "naturaleza" e "historia" comprende ambas "la creación y la destrucción, el amor y odio". Y aunque el hombre determinado por la clase siga siendo hombre aun si nos dirigimos a él como mercancía, o cuando no nos aproximamos a él en absoluto como si fuese intocable, la "humanidad común" de todos los hombres nos dice poco en lo que se refiere a sus actitudes y comportamiento bajo circunstancias sociales e históricas variables en una sociedad dividida en clases.
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III

De acuerdo con Fromm, sólo la "fe en el hombre" permite una sociedad sana. Él explica el "fracaso" de Lenin, por ejemplo, por la carencia de fe en el hombre de este último. Lenin, sin embargo, tenía mucha fe en algunos hombres, él mismo incluído; en las personas dedicadas a la toma del poder para su partido. No tenía fe, es verdad, en la clase dominante zarista, ni en la clase media que esperaba el capitalismo liberal, ni en los campesinos que luchaban por la tierra y la propiedad privada, ni en la masa de obreros destinados a trabajar más arduamente sin vivir mejor, así como para acumular el capital necesario para la industrialización de Rusia y para su existencia nacional. Aunque Lenin no tenía la fe en el hombre, sobresalió en fe en el gobierno de una minoría, que constituye la "fe en el hombre" en las sociedad de clases. Hablar del "fracaso" de Lenin es hablar de su "éxito", cuando se considera algo más que las atenciones o pretensiones individuales; en este caso, la existencia de un proletariado ruso, aunque todavía incapaz de abolir, con su propia posición de clase, todas las relaciones sociales de clase.

Es más, referirse al líder individual, cuyo "fracaso" o "éxito" determina la dirección del desarrollo social, es hablar desde la posición de un gobierno minoritario, de las relaciones de clase, modificadas por un deseo de dirección y control en "interés" de los dirigidos y controlados. La "fe en el hombre” incluye la fe en el líder. La autodeterminación, sin embargo, implica la ausencia de una dirección en el sentido leninista o capitalista, y haría superflua la "fe en el hombre" de Fromm. Con la "fe en el hombre" de Fromm, Lenin no habría sido Lenin, y con esta "fe en el hombre" los obreros nunca serán capaces de escapar de las consecuencias de la falta de "fe" de sus dirigentes. La abolición de la explotación sólo puede efectuarse por los explotados; el énfasis debe estar en la clase, no en el hombre. No es incluso la "fe en la clase obrera”, sino simplemente la clase obrera misma, la que puede capacitarse, a través de su propia emancipación, para convertir en sociedad la sociedad de clases.

Ciertamente, Fromm distingue entre liderazgo racional e inhibidor o irracional. Él está por el primero y rechaza la segunda forma de autoridad; esto es, prefiere la relación autoritaria entre "maestro y alumno" a la relación entre el "propietario de esclavos" y el "esclavo", aun a pesar de que ambas estén basadas en la superioridad de uno sobre el otro. En la consideración de Fromm, la autoridad del maestro es altruista y sirve al estudiante que le da la bienvenida; igualmente, se opone a la autoridad antagonista e irracional sobre el esclavo. Las relaciones autoritarias racionales, además, tienden a disolverse cuando los alumnos se vuelven tan listos como los maestros. Cada una de estas situaciones de autoridad crea una situación psicológica diferente; una asegura la cordura (sanity), la otra tiende a la demencia (insanity). Sin embargo, ninguna de estas situaciones tiene algo que ver con el problema de la autoridad en el capitalismo, tanto el de etiqueta liberal, como el de etiqueta mixta o bolchevique. La idealizada relación maestro-alumno de Fromm no existe; lo que existe es un mercado educativo acoplado a la fuerza, donde las relaciones entre maestro y estudiante -aunque posiblemente de forma más sutil- son tan antagónicas como las relaciones sociales en general. Es más, el capitalismo emplea todas las formas de relaciones autoritarias, las "irracionales" y las "racionales", las cuales se entrelazan de tal modo que ninguna de ellas puede ser mantenida o eliminada salvo con la abolición del propio capitalismo.
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IV

Sin embargo, en la visión de Fromm, el capitalismo se abole a sí mismo y, haciéndolo, crea de este modo las condiciones en las que se vuelve posible escoger entre una u otra forma de relaciones autoritarias con base en fundamentos éticos. Para escapar a la destrucción y lograr la felicidad, la gente debe hacerse consciente de lo que constituye la sanidad (sanity) y lo que constituye la insanidad (insanity). El uso persistente de Fromm del "nosotros" con respecto a la sociedad también está basado en la ilusión de que la sociedad de clases subyacente a las teorías de Marx ha dejado en gran medida de existir. Su descripción del capitalismo occidental, por ejemplo, repite todos los clichés actuales de los apologistas más ardientes del "modo de vida americano", desde el "milagro de la producción" al "milagro del consumo". Fromm afirma que el "poder social y económico" de los trabajadores se ha incrementando en un grado fantástico, "no sólo con respecto al salario y a los beneficios sociales, sino también a su papel humano y social en la fábrica".

Esto es un puro sinsentido, por supuesto, y ni siquiera se aplica a esa pequeña minoría de obreros privilegiados cuya posición excepcional presupone la más cruel explotación de la vasta mayoría. El "modo de vida americano", que no es el del capitalismo occidental sino el resultado de la dominación de América sobre el capitalismo occidental, encuentra su contraparte en la miseria creciente del grueso de la población mundial, sufriendo tanto bajo los mandos capitalistas-imperialistas como bajo sus propios intentos de escapar a estos mandos. Esta situación, que transforma la contienda civil en guerra internacional y la competición internacional en guerra civil, puede indicar el declive del capitalismo, pero no su autotransformación a través de la desaparición de las fricciones de clase y de las diferenciaciones de clase, siguiendo al logro de una abundancia general. Sin duda, Fromm reconoce la existencia de áreas subprivilegiadas y países subdesarrollados, y aboga por reformas y ayuda extranjera para aliviar esta miseria, como si esta miseria y el bienestar co-existente de otras áreas y capas sociales no fueran las dos caras de la misma moneda. El estado de abundancia relativa no tiende al bienestar general y la "sanidad", sino que lleva a la producción a cauces destructivos para mantener así la estructura social de clases y el mando sobre los medios de producción.
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V

En la sociedad de la abundancia de Fromm, los problemas de los trabajadores ya no están relacionados con el control del capital, sino meramente con su codeterminación. Les ve hambrientos de una voz en el proceso de producción. No, sin embargo, para mejorar su posición social y económica aún más, sino para asegurar su "sanidad". Fromm asume que los obreros (de todas las categorias) no son infelices tanto porque sean explotados y estén en estado de necesidad, como porque no pueden "relacionarse con el producto concreto como un todo". Sufren por cuenta de la especialización y abstracción de sus funciones. Es verdad que Marx, entre otras cosas, también mencionó la dehumanización del trabajo en la producción capitalista a través de su especialización, en oposición a los modos de producción anteriores, cuya división del trabajo estaba menos desarrollada. Con todo, la socialización de la producción implica la división del trabajo, que, por sí misma, no es necesariamente un factor deshumanizante. Es tal bajo la relación explotadora capital-trabajo. En una sociedad socialista se hace posible escoger entre una extensión ulterior de la división social del trabajo, o su reducción por medios tales como la intercambiabilidad de funciones. Y puede resultar que la intercambiabilidad es más productiva que la especialización; pero, entonces, el principio de la productividad puede dar lugar él mismo a alguna manera de organizar la producción social que podría hacerla más atractiva.

El énfasis de Fromm en este aspecto bastante menor de la alienación a expensas del auténtico problema, es decir, del control de clase de los medios de producción, convierte su "crítica social" en un medio para la manipulación capitalista. Pues, lo que él sugiere en la línea de la seguridad social y la codeterminación, está ahora en proceso de ser efectuado por reformas capitalistas, pensadas para estabilizar el sistema. Sus propuestos "caminos a la sanidad" ya están recorridos, e incluso algunas de las travesías que quiere ver popularizadas, tales como diversas pequeñas empresas comunales produciendo para (y estando a merced de) el mercado capitalista, no ponen en peligro el sistema capitalista, sino que meramente apoyan la ilusión de su humanización creciente. Si Fromm está contra el "gran tamaño" y por la "descentralización", también lo están todos esos capitalistas que se enfrentan a competidores aún más grandes y más centralizados. Y si a Fromm le gusta ver el "instinto de la habilidad" más plenamente satisfecho, así también los capitalistas comprometidos ahora en eliminar los procesos de trabajo simples por la vía de la automatización.

Los "caminos a la sanidad" de Fromm en la esfera de la producción no se apoyan en la esfera del consumo, donde la creciente abundancia conduce al decaimiento cultural. Pues el "hombre", dice Fromm, está “fascinado por la posibilidad de comprar más, mejor, y especialmente, cosas nuevas. Está hambriento de consumo. El acto de comprar y consumir se ha vuelto un fin compulsivo, irracional, porque es un fin en sí, con poca relación con la utilidad o el placer que proporcionan las cosas compradas y consumidas". Y es esta actitud alienada hacia el consumo la que determina el empleo del tiempo libre y el carácter de las industrias dedicadas a él. Una amplia parte del libro de Fromm describe el vacío y la superficialidad de la cultura popular a costa del arte real y de la sensibilidad humana -una cultura popular que encuentra su reflejo en el deseo de conformidad y el rechazo de las relaciones verdaderamente humanas-.
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VI

Aquí Fromm está en su elemento, lamentándose de la "solitaria muchedumbre" de la sociología del consumo, para la cual el ocio, no el trabajo, es el gran problema. Con el fin del problema de la producción acaba el de la explotación, claro; con todo, hay todavía, dice Fromm, muchísimo por hacer por los sociólogos y líderes religiosos, para hacer que la vida tenga significado a pesar de la ausencia de problemas sociales que nos constriñan. La sugerencia particular de Fromm es consumir menos y trabajar más, aunque sólo por razones terapéuticas. Las manos ociosas y las mentes ociosas son peligrosas, e incluso no hacer nada debe convertirse en un tipo de trabajo, de meditación y recreación. La persona mentalmente saludable, en su visión, "es la persona productiva y no alienada... que se relaciona amorosamente con el mundo, y que usa su razón para captar objetivamente la realidad, que se expresa como una única entidad individual y, al mismo tiempo, se siente uno con su prójimo" -etc., etc.- como uno puede oír de cualquier púlpito las mañanas del domingo. Como el esfuerzo por la salud mental es "inherente a todo ser humano... No nacido un idiota moral", la sociedad debe ser tal que pueda ofrecerle una oportunidad para afirmar su naturaleza moral. La oportunidad, como se ha visto antes, es ofrecida por el "socialismo", es decir, por la economía de bienestar mixta, codeterminada y políticamente democrática; con tal de que, por supuesto, se desprenda de cualidades tales como "la codicia, la competitividad, la posesividad, el narcisismo", y deje gobernar a la conciencia. Como "ningún cambio debe llevarse a cabo por la fuerza", y como debe ser un "cambio simultáneo en las esferas económica, política y cultural", debe llevarse a cabo mediante la educación moral de la moradidad inherente, y es por ello claramente la función del "psicoanálisis humanista", que, entonces, toma su lugar detrás de los grandes sistemas éticos y religiosos, afirmando la supremacía de los valores espirituales sobre los valores materiales y dedicados a la dignidad del hombre, de modo que podamos -algún día- cantar, pasear y bailar juntos.

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