Monday, November 19, 2007

Capitalismo: El Mundo en el que vivimos

Capitalismo: El Mundo En El Que Vivimos…
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El éxito real de algunas cooperativas de producción demostró que el capitalista era innecesario en la función colectiva. Que no era preciso que los instrumentos de trabajo fuesen monopolizados por nadie, y, por último, que lo mismo que el trabajo esclavo, lo mismo que el trabajo siervo, el trabajo asalariado no era sino una forma transitoria inferior, destinada a desaparecer ante el trabajo asociado… Miguel Gratacós, Principios socialistas, Talleres Gráficos Argentinos L. J. Rosso, Buenos Aires, 1935, p. 62.
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¿El mejor de los mundos posibles?
En todos los países del mundo, una pequeña minoría privilegiada se permite el lujo de vivir sin trabajar gracias a los ingresos que percibe de un capital invertido en la economía. La gran mayoría, ella, está en la obligación de trabajar para vivir… o, en el caso de muchos, para sobrevivir. Pues, en cualquier país del mundo, ¿cuántos están sin trabajo? ¿Cuántos no tienen ni para alquilar una vivienda decente? Y no hablemos de los países en los que hasta los niños tienen que trabajar para seguir adelante… ¡cuando no se mueren de hambre!
¿Situaciones extremas? Pero no aisladas, y que demuestran, en todo caso, una enorme disparidad entre una minoría parásita y la mayoría trabajadora. Sin embargo, a pesar de esta realidad de sobras conocida, pocos se percatan de la relación que existe entre la riqueza de unos pocos y la pobreza de muchos otros. Pero, si unos cuantos se llevan la mayor parte del pastel, ¿no queda menos para los demás?
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Abrir los ojos
La cantidad, la gravedad y la extensión de los problemas de que padece la humanidad, así como la incapacidad crónica de todos los gobiernos en solucionarlos, pueden inducirnos a pensar que su solución está fuera de alcance y que, por lo tanto, no se puede hacer nada contra ese estado de cosas. ¡Y tendríamos razón! Pues es verdad que no hay solución a los problemas sociales… en el marco del sistema - el capitalismo - que los genera.
Por su parte, por más que los beneficiarios y partidarios de este sistema intenten hacernos creer - a partir del fracaso de los experimentos “socialistas” y de razonamientos eternamente contradichos por la realidad - que vivimos en el “mejor de los mundos”, el hecho es que el sistema capitalista jamás ha sido capaz de proporcionar bienestar y tranquilidad a la humanidad.
La crítica del sistema capitalista - su organización, sus características, sus problemas - es una de las bases de la doctrina socialista. Uno de los primeros en indignarse contra los males producidos por la revolución industrial fue el economista suizo Charles Léonard Sismonde de Sismondi (1773-1812), consternado por los efectos de la naciente industria capitalista sobre las condiciones de vida de una nueva categoría social, el “proletariado”, es decir, los “hombres que no tienen propiedad”. Sismondi, que no era socialista, se alzó contra la doctrina del laissez-faire predicada por Adam Smith y los economistas liberales. Tras sus huellas, y a menudo inspirados por él, siguieron numerosos otros críticos de la nueva sociedad, entre los cuales destacó un tal Karl Marx.
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La propiedad privada: la fuente de todos los males
El carácter recurrente, pero también planetario, de los problemas sociales pone de manifiesto el hecho de que forman parte integrante del sistema social que se extiende en todo el mundo - el capitalismo - y que, por esa razón es imposible, y por lo tanto fútil, intentar encontrarles una solución en el marco de ese sistema. En efecto, la base del sistema capitalista es el monopolio ejercido por una capa muy minoritaria de la población (los poseedores de capitales o clase capitalista) sobre los recursos naturales del planeta así como sobre los medios de producción y de distribución de las riquezas sociales, es decir sobre los medios de existencia de la sociedad.
Ese monopolio puede ejercerse de distintas formas: bien directamente por unos individuos, bien indirectamente por asociaciones de individuos, en el marco de sociedades anónimas (gracias a la posesión de títulos de propiedad), o a través del Estado (en virtud del control ejercido por esa minoría sobre las instituciones estatales, como en el caso de la Unión Soviética o de la China actual). Hablamos en ese caso de capitalismo de Estado (el monopolio del poder político y económico ejercido por la burocracia dirigente hace, en este caso, superflua la posesión de títulos de propiedad).
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Consecuencias de la propiedad privada
Esa apropiación de los medios de existencia de la sociedad por una pequeña minoría tiene como consecuencias:
1° en el plano económico : la producción de bienes y servicios cuyo objeto es la venta en el mercado a fin de realizar un provecho monetario, y no la satisfacción de las necesidades individuales y colectivas de la población, o, dicho de otro modo, la satisfacción de las únicas necesidades rentables (es esta constante búsqueda del provecho la que explica por qué se llega a producir comida que puede llegar a ser peligrosa para la salud; por qué los laboratorios farmacéuticos no investigan enfermedades tales como el paludismo, cuyo mercado - el tercer mundo, en este caso - no es “solvente”; por qué muchas personas duermen en la calle al pie de viviendas vacías; por qué se destruyen cada año en los países desarrollados toneladas de comida mientras, en los países pobres, millones de seres humanos mueren de hambre, etc.);
2° en el plano social: la división de la sociedad en dos clases sociales principales con intereses económicos antagónicos, por un lado, la clase capitalista, que posee y/o controla los medios de producción y, por otro, la clase trabajadora - la inmensa mayoría de la población -, dueña de sus capacidades intelectuales y físicas (su fuerza de trabajo) y obligada de trabajar par la primera a cambio de un salario.
Por consiguiente, en el sistema capitalista, las riquezas son producidas por los asalariados, desposeídos de los medios de producción, para ser vendidas con el fin de realizar un provecho destinado a los que no trabajan - los capitalistas - en virtud del derecho de propiedad de estos últimos sobre los medios de producción. En otros términos, una minoría privilegiada vive sin trabajar y se enriquece a costa del trabajo de la mayoría asalariada. Resulta de esta división de la sociedad en clases antagónicas una lucha de clases inevitable por una parte más importante de las riquezas producidas (unos salarios más altos para unos, unos beneficios más importantes para otros), una lucha de clases que durará lo que durará el capitalismo, responsable de esa división social.

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